La constitución dogmática Lumen Gentium recordó que “todos los
fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y
tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su
camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo
Padre” (n. 11). Esta constitución
consagró el capítulo V para hablar de la llamada universal a la santidad, que
incluye también la santificación de los esposos:
“en virtud del
sacramento del matrimonio, por el que significan y participan el misterio de
unidad y amor fecundo en Cristo y en la Iglesia (cf. Ef 5,32), se ayudan
mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación
de la prole” (n. 11).
En consonancia con el Concilio Vaticano
II, también Amoris Laetitia y Familiaris
Consortio hacen eco de la llamada a la santidad de los esposos, como una
respuesta “al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia
divina y en la propia voluntad” (FC n. 34):
“El sacramento
del matrimonio no es una convención social, un rito vacío o el mero signo
externo de un compromiso. El sacramento es un don para la santificación y
salvación de los esposos, porque «su recíproca pertenencia es representación
real, mediante el signo sacramental, de la misma relación con Cristo».” (AL n.
72).
“El amor de los esposos es un don, una
participación del mismo amor creador y redentor de Dios”[1],
cuya fuente y origen de santificación es el sacramento del matrimonio, que
presupone la gracia santificadora del bautismo y en virtud del Misterio Pascual
de Cristo, el amor conyugal, herido por el pecado (cf. Gn 3, 11-12), es
purificado y santificado (cf. FC 56). Esta fuerza de la gracia sacramental es
“la razón de que los esposos sean capaces
de superar las dificultades que se les puedan presentar, llegando hasta el
heroísmo, si fuera necesario. Es el motivo de que puedan y deban crecer más en
su amor: siempre les es posible avanzar más, también en este aspecto, en la identificación
con el Señor”[2].
Cristo mediante el sacramento del matrimonio
sale al encuentro de los esposos[3]
para asistirlos con su gracia y sostenerlos en “el compromiso moral de
transformar toda su vida en un continuo sacrificio espiritual” (FC n. 57)
agradable al Padre.

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