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viernes, 23 de septiembre de 2022

HOMILÍA EN LA MEMORIA DEL PADRE PÍO DE PIETRELCINA

Qo 3,1-11

Sal 143, 1ª y2abc.3-4

Lc 9,18-22

“Hay un tiempo para cada cosa”

La Liturgia de la Palabra que acompaña esta memoria de San Pío nos señala que “hay un tiempo para cada cosa y todo lo que hacemos bajo el sol tiene su tiempo” (Qo 3,1), los catorce binomios opuestos señalados por el Predicador-Qohelet demandan de un justo discernimiento para el obrar humano, adecuado al tiempo, a la necesidad o las circunstancias. No tiene provecho alguno alterar el ritmo de los sucesos de la vida del hombre que dependen de la voluntad divina, y más aún, sabiendo que “el hombre no puede abarcar las obras de Dios desde el principio hasta el fin” (Qo 3,11).

Si el discernimiento estuviera presente en nuestra vida, seguramente nos equivocaríamos menos; sin llevar un cálculo matemático, la suma de nuestras buenas acciones haría de nuestra vida una existencia virtuosa que planta, cura, edifica, ríe, baila, abraza, etc. Dilectísimo orden no es indiferente al drama humano, por ejemplo, para saber que significa estar alegre o feliz hay que pasar por el sufrimiento, por el dolor o por el camino de las lágrimas. Como dice Monseñor Ignacio Munilla: “cuando alguien me pregunta si soy feliz, acostumbro a responder: «soy feliz, pero sufro. O si quieres, te lo digo al revés: aunque sufro soy feliz»” (del Prólogo en Dios te quiere Feliz).

Cada cosa tiene su tiempo y duración y el hombre no está fuera de este designio divino, su vida “es igual que un soplo; sus días, una sobra que pasa”, ¿por qué afanarse en ir más allá del carisma o de los dones concedidos por Dios? Lo que realmente ayuda a superar la imposibilidad de “intervenir en el engranaje del tiempo” (Zevini, G. –Cabra, P., Lectio divina para cada día del año. Ferias del Tiempo Ordinario, Vol. 7) es la identificación y reconocimiento de la Persona de Jesucristo como fundamento de la vida en plenitud.

Las circunstancias socio-culturales de nuestro tiempo diversifica y exageran las formas de conocer al Señor, e incluso, algunos llegan a la marginación del hombre que creen en la Humanidad y Divinidad de Jesús relegando su fe al ámbito de lo privado. Para evitar la confusión de la identidad y conocimiento de la persona de Jesús, necesitamos volver al testimonio del apóstol Pedro, que supera la confusión de sus contemporáneos y de los nuestros.

Pedro por inspiración divina (cf. Mt 16,17) ante la pregunta de Jesús: “¿Quién dice la gente que soy yo?” responde que Jesús, es “el Mesías de Dios” (Lc 9,18). No vacila en su respuesta, para él Jesús no es el Bautista, no es Elías ni un profeta antiguo, es “el Ungido de Dios” (Lc 9,20). La respuesta de Pedro no está condicionada por interés particulares como la de aquellos que Herodes había escuchado (cf. Lc 9,7). Desde aquel entonces Pedro se convierte en el portavoz del colegio apostólico y por vencer las aspiraciones de la carne se convierte en fundamento de la Iglesia (cf. San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, Libro VI, 93-95).

Seguidamente Jesús confirma su identidad y revela el desenlace de su vida terrenal: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley, ser matado y resucitar al tercer día” (Lc 9,22).

Ahora bien, ¿Quién es Jesús para mí? No te permitas un Jesús a tu imagen o a tu medida, a la altura de tu conocimiento abstracto, ve al Jesús de la Cruz, aquel que pasó haciendo el bien (cf. Hch 10,30) y que Dios lo resucitó para nuestra salvación (cf. Ro 10,9; 1Cor 6,14). Ve al Jesús que amó y sirvió san Pío y que como él no tengamos miedo a dejarnos pulir por el Señor, ya sea por la enfermedad, la persecución, los miedos, las tristezas espirituales, etc. Como dice el mismo santo:

“Al constructor que busca erigir una edificación le conviene ante todo pulir lo mejor posible las piedras que va a utilizar en la construcción. Lo consigue con el martillo y el cincel. Del mismo modo el Padre celeste actúa con las almas elegidas que, desde toda la eternidad, con su sabiduría y providencia, han sido destinadas para la erección de un edificio eterno (…). ¿Cuáles son los golpes del martillo y del cincel? (…) la oscuridad, los miedos, las tentaciones, las tristezas del espíritu y los miedos espirituales, que tiene un cierto olor a enfermedad, y la molestia del cuerpo.

Dad gracias a la infinita piedad del Padre eterno que, de esta manera, conduce vuestra alma a la salvación” (Padre Pío, Piedras del edifico eterno, LH).

Amén

 

 

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