Tal es así que, configurado el matrimonio
como vocación por el Creador, necesita, como toda vocación, de preparación y
acompañamiento en su camino para una respuesta total. De este modo, se ha
llegado a comprender, que “el amor no es cosa que se aprenda, ¡y sin embargo no
hay nada que sea más necesario enseñar!”[5].
Por ello, la preparación al matrimonio viene a ser una tarea indispensable en
la vida pastoral de la Iglesia, teniendo como principales receptores a los
jóvenes. El Concilio Vaticano II, de cuya teología pastoral se alimentan
nuestros textos fundamentales, Familiaris
Consortio y Amoris Laetitia, afirma
en Gaudium et Spes que
“los jóvenes
deben ser instruidos adecuada y oportunamente sobre la dignidad, tareas y
ejercicio del amor conyugal, sobre todo en el seno de la misma familia, para
que, educados en el cultivo de la castidad, puedan pasar, a la edad
conveniente, de un honesto noviazgo al matrimonio”[6].
Igualmente en Apostolicam Actuositatem, donde habla de la familia como célula
primordial y vital de la sociedad, señala, dentro de las obras pastorales que
están a su cargo, que ella misma debe “ayudar a los novios a prepararse mejor
para el matrimonio”[7].
En el Catecismo de la Iglesia Católica,
la preparación al matrimonio está en íntima relación con “el sí de los esposos”
(n. 1632), por cuyo acto de donación, los esposos se pertenecen mutuamente,
porque “el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro” (n. 1605). Por
ende, se estima que la preparación es de primera importancia y debe estar bajo
la responsabilidad de los pastores, de la familia y de toda la comunidad
cristiana (cf. n. 1632).
La Carta
Magna que propone un itinerario de preparación para el matrimonio es la
Exhortación Apostólica Familiaris
Consortio de San Juan Pablo II, publicada en Roma el 22 de noviembre de
1981, en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. En ella, el Papa
considera al amor como el principio y fundamento de toda vocación y relación
interpersonal, y expone su famosa declaración:
“El hombre no
puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incompresible, su vida
esta privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con
el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él
vivamente” (FC n. 18).
Familiaris
Consortio prevé que la acción pastoral de la
Iglesia, ante la experiencia de amor que se da entre el hombre y la mujer, debe
estar presente por medio de la pastoral familiar como apoyo de la familia. Este
acompañamiento debe ser progresivo, para acompañarla en sus diversas etapas de
formación y desarrollo (cf. n. 65). En cuanto concierne a la preparación al
matrimonio como tal, se estima que:
“En nuestros
días es más necesaria que nunca la preparación de los jóvenes al matrimonio (…).
Los cambios que han sobrevenido en casi todas las sociedades modernas exigen
que no sólo la familia, sino también la sociedad y la Iglesia se comprometan en
el esfuerzo de preparar convenientemente a los jóvenes para las
responsabilidades del futuro (…).
La Iglesia debe
promover programas mejores y más intensos de preparación al matrimonio, para
eliminar lo más posible las dificultades en que se debaten tantos matrimonios,
y más aún para favorecer positivamente el nacimiento y maduración de
matrimonios logrados” (FC n. 66).
Familiaris
Consortio sugiere que la preparación al
matrimonio debe ser “un proceso gradual y continuo”, un proceso que vaya
desarrollándose por etapas: remota, próxima e inmediata. Este proceso formativo
ha de iniciar en la infancia para avanzar hasta el momento previo a la
celebración nupcial y para la posterioridad de la misma (cf. n. 66). También
señala la puesta en marcha de un programa de acompañamiento a las parejas en
los primeros años de matrimonio para ayudarles a descubrir su nueva vocación y
misión, sobre todo, para ayudarles a enfrentar los problemas que se presentan
en el camino conyugal que acaban de emprender (cf. n. 69).
Antes de llegar a Amoris Laetitia, nos detenemos también en la aportación y
recomendaciones que el Pontificio Consejo para la Familia concibió en 1996
sobre la preparación al matrimonio[8].
En el preámbulo, primeramente, hace una valoración positiva del apoyo que la
sociedad brindaba a esta dimensión pastoral en épocas anteriores, porque «reconocía
los valores y beneficios del matrimonio». En segundo lugar, señala los males de
la actualidad que afectan al matrimonio y a su valor y finalidad[9].
En palabras propias del Pontificio
Consejo para la Familia,
“la preparación
al matrimonio constituye un momento providencial y privilegiado para cuantos se
orientan hacia este sacramento cristiano y un kairós, es decir, un tiempo en el que Dios interpela a los novios y
les lleva al discernimiento sobre la vocación al matrimonio y la vida en la que
ésta introduce”[10].
La preparación al matrimonio, al mismo
tiempo que es un momento de discernimiento de las implicaciones de la vida
esponsal, por su importancia, “exige un proceso de evangelización consistente
en la madurez de la fe y su profundización”[11].
En efecto, Familiaris Consortio en
1981 ya había señalado que “la misma preparación al matrimonio cristiano se
califica ya como un itinerario de fe” (n. 51).
En Amoris
Laetitia, publicada en Roma en el jubileo del Año de la Misericordia, el 19
de marzo de 2016, el Papa Francisco, en sintonía con el magisterio anterior y
con su eventual lenguaje de cercanía, afirma que “«el deseo de familia
permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva a la Iglesia»”
(n. 1). Por ello, “necesitamos ayudar a los jóvenes a descubrir el valor y la
riqueza del matrimonio” (n. 205).
Para Amoris
Laetitia la preparación al matrimonio está estrechamente unida a las etapas
de formación y desarrollo de la persona, y es necesario que toda la comunidad
cristiana entre en este dinamismo y se sienta corresponsable en la preparación
de los novios, para que estos lleguen al matrimonio conscientes de la
responsabilidad que asumen y de la belleza que encierra el amor conyugal, de
modo que no se expongan a posibles fracasos (cf. nn. 206-209).
Desde Amoris
Laetitia, la preparación matrimonial es vista como una pastoral centrada en
el vínculo conyugal, y desde la cual, la Iglesia aporta elementos pedagógicos
que ayuden a los novios a madurar en el amor y a superar los momentos duros que
se presentan en la vida de los esposos. Todo este marco, no puede avanzar sin
asumir la misericordia de Dios y su fuerza sanadora (cf. n. 211).
La preparación al matrimonio
desde el Magisterio Latinoamericano
Si miramos el desarrollo teológico de la
preparación al matrimonio en la Iglesia Latinoamericana, podemos ver que
descansa en las mismas preocupaciones de toda la Iglesia. Las Asambleas
Generales del Episcopado Latinoamericano han sido profundamente sugerentes en
esta temática, ya que la familia y el matrimonio son una de sus prioridades
dentro de su camino pastoral.
El Documento Conclusivo de Medellín de
1968, adelantándose a Familiaris
Consortio, y a pocos años de haber concluido el Concilio Vaticano II,
dentro de las recomendaciones para la pastoral familiar, exhorta a “procurar,
desde los años de la adolescencia, una solidad educación en el amor”[12]. Igualmente, alienta a “difundir la idea y
facilitar en la práctica una preparación para el matrimonio accesible a todos
los que se van a casar y tan integral como sea posible: física, sociológica,
jurídica, moral y espiritual”[13].
El documento recomienda también que se debe llevar a los jóvenes, a los recién
casados, a tomar conciencia de una paternidad responsable[14].
El Documento Conclusivo de Puebla, que
mira en su conjunto a la pastoral familiar, declara que:
“Urge un diligente cuidado pastoral para
evitar los males provenientes de la falta de educación en el amor, la falta de
preparación al matrimonio, el descuido de la evangelización familiar y de la
formación de los esposos para la paternidad responsable. Además, no podemos
desconocer que un gran número de familias de nuestro continente no han recibido
el sacramento del matrimonio. Muchas de estas familias, no obstante, viven en
cierta unidad, fidelidad y responsabilidad. Esta situación plantea
interrogantes teológicas y exige un adecuado acompañamiento pastoral”[15].
Puebla mira con agrado a las parejas que
aceptan participar de la sacramentalidad del matrimonio, pues, para su momento,
eran muchos los novios que se preparaban con seriedad para el matrimonio y
celebraban con un verdadero sentido cristiano[16].
Así mismo, considera a “la catequesis pre-sacramental y su celebración
litúrgica como momento privilegiado para el anuncio y respuesta al Evangelio
del amor conyugal y familiar”[17].
La Asamblea General del Episcopado
latinoamericano reunidos en Santo Domingo, ha considerado que la pastoral
familiar ha de ser «previsora, audaz y positiva». Pide cuidar la formación de
los futuros esposos y acompañarles en los primeros años de su vida matrimonial.
Se detiene brevemente en la preparación inmediata al matrimonio, para señalar
el valor que ésta tiene para los novios antes de la liturgia sacramental[18].
El Documento conclusivo de Aparecida de
2007, dentro de las pautas para tutelar y apoyar a la familia, sugiere a la
pastoral familiar “renovar la preparación remota y próxima para el sacramento
del matrimonio y la vida familiar con itinerarios pedagógicos de fe”. También
pide atención en la educación integral de todos los miembros de la familia,
incluyendo la dimensión del amor y de la sexualidad[19].
[1] Juan Pablo II, Exhortación apostólica
Familiaris Consortio (22 de noviembre de 1981), n. 11.
[2] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 1603.
[3] Concilio
Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes (7 de diciembre de
1965), n. 49.
[4] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 1604.
[5] Wojtyla, K., Los jóvenes y el amor. Preparación al
matrimonio, Madrid: Encuentro,
2018, 7.
[6] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes (7 de diciembre de 1965), n. 49.
[7] Concilio Vaticano II,
Decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam
Actuositatem (18 de noviembre de 1965), n. 11.
[8] Pontificio Consejo para la
Familia. Preparación al sacramento
del matrimonio (13 de mayo de 1996).
[9] Cf. Ibíd., n. 1.
[10] Cf. Ibíd., n. 2.
[11] Ibíd.
[12] Conferencia del Episcopado
Latinoamericano (CELAM), Documento
conclusivo de Medellín (26 de agosto – 7 de septiembre de 1968), nn. 3, 13.
[13] Ibíd., n. 3.14.
[14] Cf. Ibíd., n. 3. 16.
[15] Id., Documento conclusivo de Puebla (28 de
enero al 12 de febrero de 1979), n. 578.
[16] Cf. Conferencia del Episcopado
Latinoamericano (CELAM), Documento
conclusivo de Puebla (28 de enero al 12 de febrero de 1979), n. 579.
[17] Ibíd., n. 605.
[18] Cf. Id., Documento conclusivo de Santo Domingo (1992),
Conclusiones 221.
[19] Cf. Id., Documento
conclusivo de Aparecida (13-31 de mayo de 2007), n. 437.
[20] Juan Pablo II,
Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia
in America (22 de enero de 1999), n. 49.
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