Gaudium
et Spes define a la familia como la “íntima
comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes
propias, –que– se establece con la alianza del matrimonio” (n. 48). “Desde esta
alianza de amor, se despliega la paternidad y la maternidad, la filiación y la
fraternidad”[1],
es decir, la familia como comunión de personas, en un vivo reflejo e imagen de
la comunión trinitaria de las personas divinas[2].
Por eso, el centro y el corazón de la
familia cristiana es el Señor, que uniendo al hombre y a la mujer en alianza
matrimonial, los sostiene en su misión de llevar a sus miembros a la madurez
del amor humano, de modo que, cooperando con Dios, no solo engendra hijos para
la vida natural, sino también para la vida divina[3].
Familiaris
Consortio nos dice que la familia ha “recibido la misión de custodiar, revelar y comunicar
el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la
humanidad (n. 17)”, y según la doctrina de Amoris
Laetitia, la familia al igual que el matrimonio, de Cristo y mediante la
Iglesia ha recibido la gracia para testimoniar este «Evangelio del amor» (cf.
n. 71).
El amor es el principio, la fuerza y la
meta de toda institución familiar, sin él que no puede constituirse como
comunidad de personas. Si le falta el amor la familia no puede vivir, crecer y
perfeccionarse como comunidad de personas (cf. FC n. 18). Por ello, “las
relaciones en el seno de la familia entrañan una afinidad de sentimientos,
afectos e intereses que provienen sobre todo del mutuo respeto de las personas”[4],
y cada uno de los miembros, según su propio don, tiene la gracia y responsabilidad
de construir la comunidad de personas para que la familia sea «una escuela de
humanidad» (cf. FC n. 21).
La familia es el lugar primario del amor
porque ella misma se constituye como “cuna de la vida y del amor en la que el
hombre «nace» y «crece»”[5].
La primera experiencia de amor y de relación tiene lugar en la familia, ahí
donde la persona es querida por sí misma y aprende a construir relaciones
significativas que le ayuden a desarrollar su personalidad hasta llegar a la
capacidad de entregarse a sí misma descubriendo su vocación. Para ello, es
necesario que cada niño cuente con un escenario de amor, de cuidado y de
acompañamiento familiar que le brinde seguridad en la consolidación de su
identidad personal y el emprendimiento de su vocación[6].
La familia se convierte en uno de los
tesoros más importantes de la humanidad. Ante las dificultades que amenazan su
institucionalidad estamos llamados a trabajar en su favor para que la «familia
asuma su ser y misión»[7],
ya que “el amor vivido en la familia es una fuerza constante para la Iglesia” (AL
n. 88) y para la sociedad, pues, el “futuro de la humanidad se fragua en la
familia” (FC n. 86).
[1] Conferencia del Episcopado
Latinoamericano (CELAM), Documento
conclusivo de Aparecida (13-31 de mayo de 2007), n. 433.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 2205.
[3] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la VIII
asamblea plenaria del Concejo Pontifico para la Familia (13 de mayo de
2006).
[4] Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 2206.
[5] Juan Pablo II,
Exhortación Apostólica Post-sinodal Christifideles
Laici (30 de diciembre de 1988), n. 40.
[6] Cf. Sínodo de los Obispos,
III Asamblea General Extraordinaria, Instrumentum
laboris. Desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización,
(24 de junio de 2014), nn. 37-38.
[7] Cf. Conferencia del Episcopado
Latinoamericano (CELAM), Documento
conclusivo de Aparecida (13-31 de mayo de 2007), n. 432.

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