martes, 30 de marzo de 2021

PREPARACIÓN AL MATRIMONIO

 


Recomendaciones desde Familiaris Consortio y Amoris Laetitia


        Introducción 

Juan Pablo II en el discurso a la Asamblea Plenaria del Consejo para la Familia (4 octubre de 1991) afirmaba que: “cuanto mayores sean las dificultades ambientales para conocer la verdad del sacramento cristiano y de la misma institución matrimonial, tanto mayores han de ser los esfuerzos por preparar debidamente a los esposos a sus responsabilidades”[1].

En el presente texto emprendemos el camino de la preparación al matrimonio desde las propuestas de Familiaris Consortio y Amoris Laetitia, teniendo en cuenta su relación mutua y la influencia que han tenido para la posterior elaboración de textos dedicados a explicar la importancia de la preparación al matrimonio. Ambas Exhortaciones nos presentan un itinerario de preparación acorde a los tiempos y edad de la persona. Un itinerario que acompaña a la persona en el camino del amor, prácticamente desde su concepción, ahí donde es esperada y amada por sus progenitores.

 La vocación al amor matrimonial es de tan altísima dignidad que necesita de una buena preparación antes de ser vivida, “una preparación que sea profunda y pausada, en la que los futuros matrimonios vayan planteándose todas las cuestiones: humanas, materiales, espirituales, de convivencia, etc., que van a vivir una vez contraído el matrimonio”[2].

Nos detendremos en las tres etapas de la preparación del matrimonio que ha popularizado Familiaris consortio: remota, próxima e inmediata, y en los responsables de acompañar a los niños y jóvenes en estas etapas de formación. Junto a ello, hablaremos de la preparación a la celebración litúrgica del matrimonio, para que los novios vivan activamente la ceremonia y descubran en ella la importancia de cada signo, sobre todo el valor del consentimiento que ahí se dan mutuamente. Remarcaremos que el itinerario de preparación debe ser un itinerario de fe, que ha de

“vivirse como un proceso evangelizador desarrollado al modo del discipulado de Cristo. En definitiva, se trata de discernir la llamada del Maestro a seguirle en la vocación esponsal-conyugal como un camino que tiene como horizonte la santidad de vida”[3]  

    1. Itinerario de preparación y sus responsables

Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, con la finalidad de que los jóvenes se preparen para el matrimonio y afronten mejor las dificultades que se puedan presentar en la vida conyugal (cf. FC n. 66), ha marcado las pautas de un itinerario de formación acorde a los tiempos, estructuras, agentes de pastoral y las situaciones personales de cada cristiano[4].

La preparación al matrimonio diseñada como un «proceso gradual y continuo», caracterizada por las etapas remota, próxima e inmediata, en Amoris Laetitia vuelve a plantearse como una necesidad y una oportunidad para ayudar a los jóvenes a descubrir la belleza de la vida matrimonial (cf. AL n. 205).

En 1996 el Consejo Pontificio para la Familia ponía en marcha los planteamientos de Familiaris Consortio e invitaba a trabajar en los tres momentos de preparación para el matrimonio, asegurando de que dicho documento está dirigido a los responsables de la formación, pero son los novios quienes están implicados y constituyen el objeto de la preocupación pastoral de la Iglesia (cf. n. 5).

A ellos, mientras se encuentran en preparación, es cuando se les debe ofrecer los medios adecuados a su situación personal para que puedan comprender lo que están viviendo. Cada etapa de la preparación tiene su particularidad e importancia, desde la configuración de la personalidad hasta direccionar la existencia en el camino del amor. Por estar estrechamente relacionadas con el noviazgo, la preparación próxima e inmediata han de tener especial atención, aquí es donde nace y se configura el amor que más tarde llevará a las dos personas que se aman a donarse mutuamente bajo las primicias del sacramento del matrimonio[5].

Las tres etapas de formación son una verdadera promoción de un itinerario que puede calificarse como itinerario de fe[6] y, al no estar rígidamente definidas, no pueden quedar limitadas a la edad o a la maduración de la persona[7], ni mucho menos a la duración que debe tener dicha preparación[8]. Sin embargo, es favorable personalizar los itinerarios de formación “a fin de aprovechar toda ocasión a profundizar en el significado de cuanto se realiza en el sacramento, sin rechazar, por faltarles algunas etapas de preparación, a aquellos que presentan una disposición adecuada a la fe y al sacramento”[9].

El Papa Francisco, en enero de 2017 en el tradicional discurso a la Rota Romana al iniciar el nuevo año, vuelve a proponer la necesidad de esta preparación contando con los tiempos, con el contenido y los responsables.  A fin de preservar los bienes propios de matrimonio: unidad y fidelidad, le da una nueva estructura a los tiempos de formación “remota, cercana y permanente”. Sobre la preparación permanente señala que  

“es bueno que abarque las diferentes etapas de la vida matrimonial de una manera seria y estructural, a través de una esmerada formación destinada a aumentar en los cónyuges la conciencia de los valores y de los compromisos propios de su vocación”[10].

Para el profesor Noriega, las etapas del camino del amor quedan definidas por las elecciones fundamentales de los novios, de ahí que la Iglesia asuma la tarea de acompañarlos para «que puedan elegir bien estos pasos comunes»[11]. Dicho acompañamiento que se da con la preparación al matrimonio requiere de la colaboración de toda la comunidad cristiana, con sus «oficios y ministerios»[12], con su magisterio y sus miembros, porque ello

“acontece en un sentido abarcador «mediante la predicación, la catequesis (…), e incluso con los medios de comunicación social, de modo que los fieles adquieran formación sobre el significado del matrimonio cristiano y sobre la tarea de los cónyuges»[13]”.

La insistencia de los documentos magisteriales sobre la preparación al matrimonio, demuestran una viva consciencia que la Iglesia tiene sobre la ayuda que merecen quienes optan por la vocación al matrimonio, así como para salvaguardar íntegramente la doctrina sobre el matrimonio, para autentificar la vida conyugal y sostenerla en medio de las complicaciones cotidianas[14].

De este modo, llegamos a los responsables de la preparación al matrimonio. En primer plan colocamos a los pastores que, según el grado de cada uno, desempeñan las funciones de enseñar, santificar y regir[15]. Es decir, el acompañamiento de los pastores en la preparación al matrimonio también es de carácter normativo, pues, a ellos corresponde mediante la predicación, la catequesis en todas las etapas de la vida del creyente, asistirlos en la formación, de modo que los fieles conozcan el significado del matrimonio cristiano y las tareas conyugales, con la finalidad de que el estado matrimonial progrese hacia la perfección[16].

Así mismo, “corresponde al Ordinario del lugar cuidar de que se organice debidamente esa asistencia”[17], que es esperada y bien vista por los fieles según la afirmación de Amoris Laetitia: “Los matrimonios agradecen que los pastores les ofrezcan motivaciones para una valiente apuesta por un amor fuerte, sólido, duradero, capaz de hacer frente a todo lo que se les cruce por delante” (AL n. 200).

Aunque, en virtud del oficio y ministerio sacerdotal, los primeros responsables de la preparación para la recepción del sacramento del matrimonio son los pastores, sin la cooperación conjunta de toda la comunidad cristiana esta tarea puede verse imperfecta. Por tanto, las familias y toda la comunidad eclesial deben sentirse comprometidas en esta tarea en sus distintas fases de preparación (cf. FC n. 66), presentando su asistencia a los fieles en la transmisión de los valores humanos y cristianos para la consolidación e integridad del matrimonio[18].

La participación de toda la comunidad cristiana, oportuna y necesaria, para acompañar la formación prematrimonial, para el Papa Francisco, “se trata de una obligación in solidum, con la responsabilidad primaria de los pastores y la participación activa de la comunidad en promoción del matrimonio y el acompañamiento de las familias con el sostén espiritual y formativo”[19].

Ante “la compleja realidad social y los desafíos que la familia está llamada a afrontar hoy requiere un compromiso mayor de toda la comunidad cristiana en la preparación de los prometidos al matrimonio” (AL n. 206). Pero también, este compromiso debe ser de todos los entes sociales, por la “dimensión social”[20] del matrimonio y, con las palabras del Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes, “todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia”[21].

La preparación al matrimonio tiene su enganche más íntimo en el hombre y la mujer cuando inician su vida en el seno de la propia familia. Este es el primer lugar natural para la preparación a los sacramentos[22]. En la familia, en la que Cristo ha restaurado la «imagen y semejanza» de la Santísima Trinidad (cf. Gn 1,26), misterio del que brota todo verdadero amor (cf. AL n. 27), la persona se prepara para amar y ser amada porque, como dirá Benedicto XVI, “la familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor ”[23].

 La familia, como comunidad educativa, debe “procurar, desde los años de la adolescencia, una sólida educación para el amor”[24], prever su asistencia para ayudar al hombre en el discernimiento de su vocación y desde el principio le ha de formar para la consolidación de una relación estable, bajo los principios del amor (cf. FC n. 2).  Pues, como ya se ha dicho anteriormente, ella como institución querida por Dios, ha recibido “la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor” (FC n.17).

 Apreciamos en Amoris Laetitia que “cada persona se prepara para el matrimonio desde su nacimiento” (AL n. 208). Precisamente, “porque es en su propia familia donde aprende qué es un padre y una madre, la naturaleza de su unión y la riqueza de su vocación matrimonial”[25].  Y obviamente,

“todo lo que su familia le aportó debería permitirle aprender de la propia historia y capacitarle para un compromiso pleno y definitivo. Probablemente quienes llegan mejor preparados al casamiento son quienes han aprendido de sus propios padres lo que es un matrimonio cristiano” (AL n. 208).

En los últimos años la familia, “bien insustituible para los hijos”[26], ha tenido que soportar una sofocante crisis en la educación; desde la exterioridad del hogar se ha insistido más en métodos y en recursos, que en valores y virtudes[27].  Por ello, uno de los primeros recursos que se necesita recuperar es a la persona misma[28]: la figura del padre y de la madre, porque son esenciales en la educación al amor y a la vida matrimonial de los hijos, como figura y modelo.

Los medios que Francisco propone considerar en la atención pastoral de la Iglesia por el bien del matrimonio son: la Palabra de Dios -la lectio divina-, la catequesis, la implicación en la celebración de los sacramentos, la dirección espiritual, la participación en grupos familiares y la observación de la virtud de la caridad[29]. No podía quedar de menos el testimonio de los esposos que viven su matrimonio verdaderamente, en los que su propio ejemplo y enseñanza constituyen para los hijos un camino privilegiado en la preparación al matrimonio[30].

A los esposos, llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo como el resto de los discípulos (cf. Mt 5,13-14), “el Señor les pide que hagan, de su hogar y de su vida familiar entera, un testimonio de todas las virtudes cristianas”[31]. Resulta estimulante la presencia de auténticos testimonios de matrimonios bien llevados, incluso para toda la pastoral eclesial. En sí,

“los esposos que viven su matrimonio en unidad generosa y con amor fiel, sosteniéndose mutuamente con la gracia del Señor y con el apoyo necesario de la comunidad eclesial, representan, a su vez, una preciosa ayuda pastoral a la Iglesia. De hecho, ofrecen a todos un ejemplo de amor verdadero y se convierten en testigos y cooperadores de la fecundidad de la Iglesia misma. En verdad, muchos cónyuges cristianos son un sermón silencioso para todos, un sermón «de día laborable»”[32].

La tarea de educar a los hijos para el amor tiene sus raíces en la vocación primordial de los esposos. El padre y la madre son los primeros responsables de la educación de los hijos. En el seno del hogar los hijos aprenden y emprenden el camino del amor. Su tarea educadora debe estar acompañada por una pastoral de conjunto, con la seguridad de que “todas las acciones pastorales tendientes a ayudar a los matrimonios a crecer en el amor y a vivir el Evangelio en la familia, son una ayuda inestimable para que sus hijos se preparen para su futura vida matrimonial” (AL n. 208). 

Dentro de la dinámica de la pastoral de conjunto, pastores, catequistas, animadores de la pastoral juvenil y vocacional, y otros grupos que cooperan en favor del matrimonio, según antepone el Directorio de pastoral familiar de la Iglesia en España, han de 

“aprovechar los medios y ocasiones de que dispongan, para subrayar y evidenciar los puntos de contribución a la preparación orientada a un posible matrimonio: formación doctrinal en el evangelio del matrimonio y de la familia; crecimiento en las virtudes para ser capaces de la libertad del don de sí y de comprometerse; progreso en la vida de oración, etc. También los movimientos, los grupos, y demás asociaciones parroquiales deben sentirse llamados a colaborar en esta tarea”[33]

En suma, el itinerario de preparación al matrimonio busca encauzar a la persona en el camino del amor desde su nacimiento y a medida que va alcanzando la madurez humana, para que opte de modo libre y auténtico por el matrimonio o por la vida célibe. En este periodo, concretamente en la adolescencia, la Iglesia con sus múltiples cooperadores y herramientas pedagógicas quiere iluminar su camino vocacional, de modo que su elección dé frutos para su propia vida, para la Iglesia y la Sociedad. 

    2. Etapas de preparación




        2.1. Preparación remota

La preparación remota está diseñada para brindarse en los primeros años de vida, ya desde la infancia, y se extiende hasta la adolescencia. Aquí la juiciosa pedagogía familiar juega el papel primordial en la configuración del sujeto como ser relacional y social. Así mismo, la pedagogía escolar y otros grupos formativos se muestran como auxiliares de la tarea familiar[34]. Desde la cuna familiar con la preparación remota se busca aleccionar y

“conducir a los infantes a que se descubran a sí mismos como seres dotados de una rica y compleja psicología y de una personalidad particular con sus fuerzas y debilidades. Es el período en que se imbuye la estima por todo auténtico valor humano, tanto en las relaciones interpersonales como en las sociales, con todo lo que significa para la formación del carácter, para el dominio y recto uso de las propias inclinaciones, para el modo de considerar y encontrar a las personas del otro sexo, etc.” (FC n. 66)

El Directorio para la Preparación del matrimonio emitido por el Pontificio Consejo para la Familia, nos dice que esta preparación es anterior al mismo nacimiento, inicia en el mismo “ambiente en que la nueva vida del que va a nacer es esperada y acogida, especialmente con el diálogo de amor de la madre con su creatura” (n. 23).

Los padres, reconociendo en la nueva vida el fruto de su recíproca donación de amor[35], han de saber que son los primeros en ejercer el protagonismo de la educación y evangelización de sus hijos[36], transmitiendo y enraizando los valores humanos y cristianos[37]. De este modo, el conjunto de “las familias católicas están llamadas, en virtud de la gracia del sacramento nupcial, a ser ellas mismas sujetos activos de la pastoral familiar”[38], de modo que presenten a sus miembros el valor e importancia de la vida conyugal a través de la transmisión de la fe y de los valores cristianos[39].

Familiaris Consortio dentro de la preparación remota exige también, particularmente para los cristianos, que se brinde “una sólida formación espiritual y catequística, que sepa mostrar en el matrimonio una verdadera vocación y misión, sin excluir la posibilidad del don total de sí mismo a Dios en la vocación a la vida sacerdotal o religiosa” (n. 66). Según esta premisa y el aporte del Directorio para la Familia de la iglesia española, la preparación remota es eminentemente catequética, porque en esta época el fiel recibe la integridad de los cuatro sacramentos de iniciación cristiana (cf. n. 86).

En el centro de la preparación remota se coloca la “vocación al amor y el reconocimiento del valor específico de la esponsalidad”[40], por ende, resulta vital que los infantes reciban una educación integral que les ayude a progresar en el camino de maduración personal que los faculte para optar por el matrimonio y sus obligaciones.

En este periodo no “puede faltar la educación leal y valiente a la castidad, al amor como don de sí”[41], la misma que debe ser impartida por los padres de familia, como primeros y principales educadores de sus hijos, a ellos les corresponde el derecho insustituible y el grave deber de cuidar el momento inicial de la vocación al amor de sus hijos[42].

El Pontifico Consejo para la Familia apunta que la finalidad de la preparación remota es «llegar a la meta de que cada fiel llamado al matrimonio, comprenda a fondo que a la luz del amor de Dios, el amor humano asume un papel central en la ética cristiana» y que el amor humano vivido en el matrimonio es signo y participa del amor entre Cristo y la Iglesia. En definitiva, el fiel debe ser consciente que «el amor conyugal hace presente entre los hombres el mismo amor divino hecho visible en la redención» (cf. n. 25).

 El Consejo continúa diciendo que “la preparación remota habrá alcanzado sus metas principales si ha permitido asimilar los fundamentos para adquirir, gradualmente, los parámetros de un recto juicio sobre la jerarquía de los valores necesarios para elegir lo mejor que ofrece la sociedad” (n. 26). Además, se hace un justo equilibrio entre la acción de la gracia y los frutos del esfuerzo personal: no se puede dejar a un lado la gracia de Dios pensando que todo es por esfuerzo humano.

El Papa Francisco en Amoris Laetitia, no está por demás decirlo, aborda el tema de la preparación remota en clave misionera, para llegar a las familias y desde ellas preparar a sus miembros para la concreción de la vida conyugal. Él nos indica que

“conviene encontrar además las maneras, a través de las familias misioneras, de las propias familias de los novios y de diversos recursos pastorales, de ofrecer una preparación remota que haga madurar el amor que se tienen, con un acompañamiento cercano y testimonial. Suelen ser muy útiles los grupos de novios y las ofertas de charlas opcionales sobre una variedad de temas que interesan realmente a los jóvenes” (AL n. 208).

Esta propuesta nos hace mirar a Evangelii Gaudium, donde Francisco sugiere que la evangelización, “en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad” (n. 27). Este estilo de pastoral permite concretizar metodologías personalizadas con el “objetivo (de) ayudar a cada uno para que aprenda a amar a esta persona concreta con la que pretende compartir toda la vida” (AL n. 208).

Ahora, considerando los criterios de la preparación remota, la edad y entorno en que se desarrolla la vida de un infante, nos adentramos en las dos tareas fundamentales de la educación que los hijos reciben de sus Padres y que no pueden ser delegadas completamente a terceros. Más bien, tanto la escuela como los grupos de formación y la misma Iglesia, deben considerarse auxiliares de la familia en la misión de educar a los hijos.

            2.1.1. Educación sexual-afectiva 

El Instrumentum laboris del Sínodo de los obispos de 2014 sugería que “los itinerarios pastorales deben hacerse cargo de la educación a la afectividad, con un proceso remoto, que inicie ya en la infancia” (n. 85). Por otro lado, considerando el aporte de los obispos españoles, la educación sexual-afectiva «exige, en primer lugar, cuidar la formación de toda la comunidad cristiana en los fundamentos del evangelio del matrimonio y de la familia». Siempre será necesario buscar planteamientos que logren la formación integral de la persona y brindar una modesta orientación en la vocación al amor[43].

Los padres son los primeros responsables para llevar a cabo la educación sexual de sus hijos y, creando un marco de confianza, han de considerar la edad oportuna para que adquieran el conocimiento y respeto de la propia sexualidad en un camino de personalización[44]. Así, la educación sexual-afectiva tiene el punto de inicio en la familia, pues los padres tienen la tarea de generar confianza en los hijos con el afecto y el testimonio, de modo que se incluya «una educación en la voluntad y un desarrollo de hábitos buenos e inclinaciones afectivas a favor del bien» (cf. AL nn. 263-264).

La clave para que la educación de los hijos tenga éxito se encuentra en la fuerza del testimonio personal de todos los miembros de la familia, del entorno escolar y de otros grupos de formación. Se ha constatado que

“los niños y los jóvenes, en el transcurso de la vida diaria, absorben el ejemplo y las enseñanzas de sus padres y profesores, casi sin darse cuenta, sobre todo al ver sus reacciones, las motivaciones y razones que determinan su comportamiento, el modo de tratar a las personas, de quererlas, de comprenderlas, de discrepar de ellas”[45].

Es preciso que exista una conexión o complemento entre la educación de casa y de los establecimientos educativos, que no haya puntos divergentes con el mensaje cristiano, para que la educación sexual-afectiva no aparezca mutilada y reducida a aspectos secundarios sino que exprese su bondad intangible íntegramente.

Para conseguir estos propósitos «es importante contar con personas y materiales que proporcionen una ayuda eficaz a los padres en esta tarea». La catequesis sobre la sexualidad en este periodo de formación ha de ser íntegra y profunda en sus distintas dimensiones: antropológica, moral, espiritual, social, psicológica, etc.[46]. Es más, no se puede considerar únicamente como un periodo de mera información de datos biológicos sino como un auténtico plan de formación de personas[47]:

“Debe consistir en la iluminación de las experiencias básicas que todo hombre vive y en las que encuentra sentido a su existencia. Así se evitará el subjetivismo que conduce a nuestros jóvenes a juzgar sus actos tan solo por el sentimiento que despiertan, lo que les hace poco menos que incapaces para construir una vida en la solidez de las virtudes”[48].

La sexualidad al no ser algo puramente biológico, sino una realidad que topa el núcleo más íntimo de la persona, requiere de la formación en la castidad desde temprana edad, de acuerdo al orden moral y al entorno familiar. Aquí, los niños y los jóvenes «aprenden a vivir la sexualidad humana en la dimensión personal, rechazando toda separación entre la sexualidad y el amor»[49]. Como ya decía Sylvester Birngruber en los primeros años del siglo XX, “una unión sexual sin amor (…) que haya alcanzando una cierta madurez es un acto irresponsable que no construye, sino que destruye”[50].

 La sexualidad, al ser una «riqueza de toda la persona», requiere que los padres para educar a sus hijos en esta dimensión, se basen sobre una «cultura sexual que sea verdadera y plenamente personal», que manifieste su significado más íntimo de unidad y fecundidad[51]. 

Amoris Laetitia apoyando su contenido doctrinal en el Concilio Vaticano II entra también de lleno a hablar del bien de la educación sexual, para que de forma prudente llegue a los niños y a los adolescentes, «teniendo en cuenta el progreso de la psicología, la pedagogía y la didáctica». Nos dice que frente a esta época que tiende a banalizar y empobrecer a la sexualidad, su significado solo puede ser entendido desde la «educación para el amor, para la donación mutua» (cf. n. 280).

Además, parece sugerirnos que esta educación debe ser progresivamente paciente, acorde al avance de la edad de los niños y adolescentes, porque

“la información debe llegar en el momento apropiado y de una manera adecuada a la etapa que viven. No sirve saturarlos de datos sin el desarrollo de un sentido crítico ante una invasión de propuestas, ante la pornografía descontrolada y la sobrecarga de estímulos que pueden mutilar la sexualidad. Los jóvenes deben poder advertir que están bombardeados por mensajes que no buscan su bien y maduración” (AL n. 281).

Una educación sexual minuciosa, que cuide un sano pudor tiene un valor inmenso y, a la vez, «es una defensa natural de la persona que resguarda su interioridad y evita ser convertida en un puro objeto». Sin las herramientas del pudor, la sexualidad y el afecto pueden convertirse en obsesiones que concentran a la persona solo en la genitalidad, en morbosidades que desfigura la capacidad de amar, llegando incluso a las diversas formas de violencia sexual (cf. AL n. 282).

En este momento de formación es adecuado enseñar a los niños y jóvenes “las diversas expresiones de amor, el cuidado mutuo, la ternura respetuosa, o la comunicación rica de sentido. Todo esto prepara para un don de sí íntegro y generoso que se expresará, luego de un compromiso público, en la entrega de los cuerpos” (AL n. 283). No se puede tomar a la sexualidad como “un recurso para gratificar o entretener, ya que es un lenguaje interpersonal donde el otro es tomado en serio, con su sagrado e inviolable valor” (Ibíd. n. 151).

Sin embargo, los años en que el niño comienza a entrar en la adolescencia, están rodeados del descubrimiento del placer que se da con la sexualidad. Lejos de mirar el inviolable valor de otra persona, el adolescente busca la experiencia del placer. No es consciente del valor de la entrega, ya no permanece el tú sino el yo, el para mí. Aunque la relación sexual sea de mutuo acuerdo, no deja de tomar a la otra persona como objeto de placer. La educación cristiana de la sexualidad no busca imponerse, desconociendo la libertad personal, lo que busca es orientar a la persona dándole criterios que le ayuden a descubrir el sentido y valor de lo que es y hace, aunque en ocasiones conlleve a ciertas renuncias, esfuerzos y sufrimientos[52].

La educación sexual-afectiva también permite reforzar la aceptación del cuerpo tal como ha sido creado y a valorarlo en su feminidad o en su masculinidad, alejando toda posible cancelación de la diferencia sexual, diferencia que no impide la cooperación de tareas, como en el caso de la crianza de los hijos o de las tareas del hogar (cf. AL nn. 285-286).

La sexualidad cualifica a la persona en su modo de ser y de actuar, en su modo de manifestarse y relacionarse en el mundo como hombre o mujer. Es de vital importancia que el itinerario de preparación ayude a comprender que la sexualidad tiene un lenguaje y códigos propios presentes en cada etapa de la vida. Cuando la persona está viviendo la etapa del noviazgo, por ejemplo, la sexualidad ayuda a distinguir ese amor como un proceso formativo para el matrimonio. Sin llegar al acto sexual, la sexualidad permite a los novios manifestar y llegar a la madurez del amor con la vida conyugal. Durante la etapa del enamoramiento la sexualidad se expresa con el leguaje sexual, con creatividad y verdad, con responsabilidad y generosidad buscando el bien del otro[53].

El documento Sexualidad humana, verdad y significado, que nos viene bien que lo escudriñemos, plantea «cuatro principios sobre la información respecto de la sexualidad» desde el entorno familiar:

a) La formación sexual debe ser individualizada, en vista de que los procesos de desarrollo son distintos en cada persona. Cuando los padres asumen su tarea de dialogar con sus hijos, en cada uno de ellos están «comunicando algo del propio don de sí». Tiene mucho valor si el diálogo formativo se da con el progenitor del mismo sexo, por su consciencia en el papel de las emociones y los problemas del propio sexo.  

b) La formación sexual debe estar adecuada con un vasto contenido moral, para que la sexualidad sea vivida dentro del plan de Dios.

c) La información sexual debe estar caracterizada por la educación al amor. Los padres deben ayudar a los hijos en el crecimiento espiritual «para que su desarrollo biológico y las pulsiones que comienzan a experimentar se encuentren siempre acompañadas por un creciente amor a Dios Creador y Redentor y por una siempre más grande conciencia de la dignidad de toda la persona humana y de su cuerpo».

d) La educación sexual debe ser clara y en el tiempo oportuno, teniendo presente «el ambiente cultural y la experiencia que el adolescente realiza en su vida»[54]. 

            2.1.2. Educación a la castidad

Tanto para Familiaris Consortio como para Amoris Laetitia, la educación para la castidad dentro de la preparación al matrimonio ocupa un lugar importante e irrenunciable. Ella favorece la auténtica madurez personal y el crecimiento genuino del amor interpersonal, haciendo que la persona respete y promueva el «significado esponsal del cuerpo» (cf. FC. n. 37; AL n. 206).

El Catecismo de la Iglesia Católica señala que la virtud de la castidad, “significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre al mundo corporal y biológico”[55]. Por ende, la educación en la castidad es esencial en este periodo, porque ayuda a la persona a conservar su unidad[56] para que en un día futuro, bajo la sacramentalidad nupcial, pueda donarse totalmente a su cónyuge, sin haber lesionado el don de sí. Así pues, la castidad “es la disposición necesaria para el don pleno de sí mismo en el matrimonio”[57].

La educación a la castidad requiere del apoyo de los padres que cooperen con la formación en otras virtudes como en la templanza, la fortaleza y la prudencia[58]. Sobre todo, en la orientación a los hijos en el aprendizaje para el dominio de sí mismos[59], con la consciencia que ésta “es una obra que dura toda la vida[60]. Cuando la familia responde oportunamente a este acompañamiento favorecen el crecimiento en la castidad y se eliminan conflictos internos. En su defecto, en los ambientes poco favorables, vivir castamente puede ser una lucha exigente y heroica[61]. Cuando “en el hombre se debilita la castidad, su amor se hace progresivamente egoísta, es decir, deseo de placer y no ya don de sí”[62]. 

La castidad por la obra redentora de Cristo es una realidad posible y motivo de alegría, tanto para casados como para célibes, además, es «aquella energía espiritual que sabe defender el amor de los peligros y de la agresividad, y sabe promoverlo hacia su realización plena»[63]. En sí misma, está caracterizada por la amistad y el amor de Cristo que se dio totalmente a nosotros,[64] por ello,

“la persona casta no está centrada en sí misma, ni en relaciones egoístas con las otras personas. La castidad torna armónica la personalidad, hace madurar y llena de paz interior. La pureza de mente y cuerpo ayuda a desarrollar el verdadero respeto de sí y al mismo tiempo hace capaces de respetar a los otros, porque ve en ellos personas, que se ha de venerar en cuanto creadas a imagen de Dios”[65].

Para que la virtud de la castidad ordene los afectos, descalificando las pasiones desordenadas, debe estar acompañada por el resto de las virtudes. La castidad  

“que tiene sus fundamentos en la caridad y humildad, es la tarea moral de integración y dirección de los afectos para que el ejercicio de la sexualidad sea expresión de un amor verdadero dentro de la construcción de la comunidad de personas que es el matrimonio y la familia. Esta tarea requiere hacerse siempre dentro del marco de una moral de virtudes y de perfección, que exprese el valor constructivo de las normas morales para la madurez de la persona y la llamada de Cristo a una pureza de corazón que tiene como promesa la visión de Dios”[66].

La virtud de la castidad que conserva la pureza e integridad de la persona no debe ser entendida como

“una represión de las tendencias sexuales sino la virtud que, al «impregnar de racionalidad las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana», hace que el hombre pueda integrar rectamente la sexualidad en sí mismo y en las relaciones con los demás, ordenándola al amor verdaderamente humano”[67].

Cerrando este cuadro de la preparación remota conviene recordar que la educación moral de los hijos se ha de realizar «con métodos activos y con un diálogo educativo que incorpore la sensibilidad y el lenguaje propio» para ellos (cf. AL n. 264), de modo que se garantice la elección del bien y se promueva una vida virtuosa, que construya libertad, que la fortalezca y la eduque, que evite que la persona se vuelva esclava de inclinaciones compulsivas deshumanizantes y antisociales» (cf. Ibíd. n. 266-267).

        2.2. Preparación próxima

Familiaris Consortio nos dice que la preparación próxima es una preparación más específica para los sacramentos, dedicada principalmente a los jóvenes desde una edad oportuna y con una catequesis adecuada. «Esta nueva catequesis de cuantos se preparan al matrimonio cristiano es absolutamente necesaria, a fin de que el sacramento sea celebrado y vivido con las debidas disposiciones morales y espirituales» (cf. n. 66).

Esta preparación tiene lugar en la etapa del noviazgo, pero se diferencia de la preparación inmediata que, habitualmente, tiene espacio en los encuentros previos a la ceremonia litúrgica del matrimonio. La preparación próxima tiene como fin presentar a los jóvenes «la posibilidad de verificar la madurez de los valores propios de la relación de amistad y diálogo que caracteriza el noviazgo»[68] y el ponerlos frente a las exigencias propias de la vida matrimonial; por ende,

“la formación religiosa de los jóvenes debería ser integrada, en el momento oportuno y según las diversas exigencias concretas, por una preparación a la vida en pareja que, presentando el matrimonio como una relación interpersonal del hombre y de la mujer a desarrollarse continuamente, estimulen a profundizar en los problemas de la sexualidad conyugal y de la paternidad responsable, con los acontecimientos médico-biológicos esenciales que están en conexión con ella y los encamine a la familiaridad con rectos métodos de educación de los hijos, favoreciendo la adquisición de los elementos de base para una ordenada conducción de la familia (trabajo estable, suficiente disponibilidad financiera, sabia administración, nociones de economía doméstica, etc.)” (FC n. 66).

Este periodo de preparación, al coincidir con la época de la juventud, se propone a la pastoral juvenil, que se ocupa del crecimiento integral de los jóvenes y de «reforzar el sentido social de los jóvenes, primeramente con los miembros de la propia familia, orientando sus valores hacia la futura familia que habrán de formar»[69]. Aquí se ha de ayudar a los jóvenes con el discernimiento vocacional, suscitando y acompañando los procesos, más no imponiendo proyectos[70].

El Pontifico Consejo para la Familia alecciona que la preparación próxima al matrimonio debe estar apoyada por una catequesis alimentada de la Palabra de Dios e impregnada por el Magisterio de la Iglesia, para que comprendan con mayor plenitud y la testimonien con la vida concreta. Pide a las familias, según sus carismas y funciones, que formen parte de la formación de los jóvenes (n. 34). Así mismo, sugiere una serie de temas claves para la vida matrimonial que se deben impartir en este tiempo:

“Habrá de instruir a los novios acerca de las exigencias naturales vinculadas a la relación interpersonal hombre-mujer en el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia: el conocimiento consciente de la libertad del consentimiento como fundamento de su unión, la unidad e indisolubilidad del matrimonio, la recta concepción de la paternidad-maternidad responsable, los aspectos humanos de la sexualidad conyugal, el acto conyugal con su exigencia y finalidad, la sana educación de los hijos”(n. 35).

Este Consejo señala que en la preparación próxima se tenga en cuenta las cuestiones doctrinales del matrimonio, se instruya a los novios en las «exigencias naturales vinculadas a la relación interpersonal hombre-mujer en el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia». Igualmente, es este el momento para «cerciorarse de si los novios poseen los elementos básicos de carácter psicológico, pedagógico, legal y médico relacionados con el matrimonio y la familia». En definitiva, el propósito de esta preparación es

“garantizar que los novios cristianos tengan ideas claras y un sincero «sentire cum Ecclesia» sobre el mismo matrimonio, las funciones propias del hombre y la mujer en la pareja, en la familia y en la sociedad, sobre la sexualidad y la apertura hacia los otros” (n. 35).

Juan Pablo II exhorta a no descuidar la oportunidad que este momento presenta para preparar a los jóvenes e incentivar “al apostolado familiar, a la fraternidad y colaboración con las demás familias, a la inserción activa en grupos, asociaciones, movimientos e iniciativas que tienen como finalidad el bien humano y cristiano de la familia” (FC n. 66).

Dentro de la preparación próxima, al relacionarse con los periodos fuerte de la existencia humana, periodos donde se sueñan y construyen proyectos, es ideal que se trabaje en el discernimiento vocacional y en el noviazgo, con la finalidad de iluminar el camino de los jóvenes.  

            2.2.1. Discernimiento Vocacional

Familiaris Consortio y Amoris Laetitia en sí mismas son un medio que ayuda a los jóvenes en el discernimiento vocacional. Desde dos ópticas distintas y a la vez complementarias, se busca ayudar a los jóvenes a “descubrir la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida” (FC n. 1.). Juan Pablo II en el contexto de la educación decía en la Carta a las Familias Gratisimam Sane, que no hay que descuidar el discernimiento vocacional, y particularmente, dentro de este, la preparación para la vida matrimonial (cf. n. 16).  

En el mundo son muchos los jóvenes que no saben emprender procesos de discernimiento vocacional y han solicitado a la Iglesia que los ayuden a llegar a «una compresión sencilla y clara sobre la vocación»[71]. Esta es una gran oportunidad para que la Iglesia, conjuntamente con la familia[72], respetando su libertad, acompañe a los jóvenes suscitando procesos que respondan a sus propias inspiraciones, «porque se trata de una decisión personal que otros no pueden tomar por uno»[73].

El discernimiento que lleva a formalizar el compromiso matrimonial es fruto de la búsqueda de un amor exclusivo y meditado bajo los afectos y criterios fruto del encuentro de dos personas, hombre y la mujer, concretamente como señala el profesor Granada:

“la búsqueda de un amor hermoso pertenece a lo más íntimo de la experiencia personal del encuentro entre el hombre y la mujer. En esta experiencia personal el hombre descubre su llamada fundamental al amor, y percibe, en la consciente relación entre el afecto que surge en su corazón y la racionalidad que lo interpreta y personaliza, cómo él mismo crece y madura en ese amor, hasta la posibilidad de su mayor cumplimiento, en la medida que va dándose a sí mismo en ese ejercicio”[74].

  La pedagogía del discernimiento vocacional exige que se evite todo reduccionismo, pues, “un punto débil de la pastoral en el discernimiento de la vocación de los jóvenes está en reducir solo a la elección del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada”[75]. El matrimonio cristiano también es una vocación, “en cuanto que es una respuesta al llamado específico a vivir el amor conyugal como signo imperfecto del amor entre Cristo y la Iglesia. Por tanto, la decisión de casarse y de crear una familia debe ser fruto de un discernimiento vocacional” (AL n. 72).

El discernimiento vocacional se ubica dentro de una dinámica de relación personal con el Señor y «se prolonga en el tiempo acompañando los pasos concretos a través de los cuales se implementa la decisión»[76]. Dicho de otra manera, el discernimiento vocacional es una dinámica que acompañará toda la vida de la persona, ayudándole a salir de sí misma hacia el misterio de Dios, para que pueda vivir la misión a la que Él le ha llamado[77].

El Documento de Aparecida, como línea de acción para acompañar el discernimiento vocacional, sugiere que se proponga a los jóvenes

“el encuentro con Jesús vivo y su seguimiento en la Iglesia, a la luz del Plan de Dios, que les garantiza la realización plena de su dignidad de ser humano, les impulsa a formar su personalidad y les propone una opción vocacional específica: el sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio”[78].

  Un discernimiento vocacional bien orientado previene de futuras complicaciones y conserva la verdad e integridad del plan de Dios en la vida de la persona y de la Iglesia. Hablando del matrimonio, Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis afirma que,

“debido a la complejidad del contexto cultural en que vive la Iglesia en muchos países, el Sínodo recomienda tener el máximo cuidado pastoral en la formación de los novios y en la verificación previa de sus convicciones sobre el compromiso irrenunciable para la validez del sacramento del matrimonio. Un discernimiento serio sobre este punto podría evitar que los jóvenes, movidos por impulsos emotivos o razones superficiales, asuman responsabilidades que luego no sabrían respetar. El bien que la Iglesia y de toda la sociedad esperan del matrimonio (…), es demasiado grande como para no ocuparse a fondo de este ámbito pastoral específico”[79].

En la Iglesia necesitamos maestros del discernimiento que ayuden a los jóvenes a comprender la grandeza a la que están llamados, maestros que les presenten la grandeza de la llamada al amor, desde su experiencia y mística, para que opten por compromisos estables y duraderos capaces de superar las dificultades del tiempo.

            2.2.2. Noviazgo

Para el Papa Juan Pablo II la juventud no solo es un determinado periodo de la vida, sino que es un tiempo dado por la Providencia como tarea, durante el cual los jóvenes buscando la respuesta a las interrogantes fundamentales, se formulan planes concretos para construir su vida. La juventud, así como es un tiempo para la personalización de la vida humana, también es un periodo de comunión, donde los jóvenes descubren que tienen que vivir para y con los demás[80]. En este periodo

“los jóvenes sienten con fuerza el llamado al amor, y sueñan con encontrar la persona adecuada con quien formar una familia y construir una vida juntos. Sin duda es una vocación que Dios mismo propone a través de los sentimientos, los deseos, los sueños”[81].

Es así que la etapa del noviazgo es el momento de ahondar en el afecto y en el conocimiento de esa persona con la que se pretende compartir el resto de la vida bajo la bendición sacramental del matrimonio. Es el tiempo de la maduración del amor esponsal. Para los novios, esta etapa es una verdadera escuela del amor, dirigida «por el espíritu de entrega, de comprensión, de respeto, de delicadeza»[82]. También, es la ocasión para profundizar en la fe y en los dones sobrenaturales que acompañarán su vida y fortalecerán su relación[83]. 

Para el Papa Francisco el noviazgo es el tiempo para trabajar en el amor, un trabajo participado y compartido y que vaya a la profundidad. Así mismo, es el momento en que ambos se descubren despacio, sin prisas, pues la alianza que pretender formalizar, «no se improvisa, no se hace de un día para otro. No existe el matrimonio express: es necesario trabajar en el amor», es necesario que caminen juntos. Pues, se trata de un trabajo laborioso del día a día, en sí, se trata de una «alianza artesanal»[84]. 

Francisco nos dice que el noviazgo es un camino de maduración en el amor[85], por ello,

los novios deberían ser estimulados y ayudados para que puedan hablar de lo que cada uno espera de un eventual matrimonio, de su modo de entender lo que es el amor y el compromiso, de lo que se desea del otro, del tipo de vida en común que se quisiera proyectar. Estas conversaciones pueden ayudar a ver que en realidad los puntos de contacto son escasos, y que la mera atracción mutua no será suficiente para sostener la unión. Nada es más volátil, precario e imprevisible que el deseo, y nunca hay que alentar una decisión de contraer matrimonio si no se han ahondado otras motivaciones que otorguen a ese compromiso posibilidades reales de estabilidad” (AL n. 209).

Hemos dicho que el noviazgo es el momento adecuado para ahondar en el conocimiento mutuo, esto supone también la ayuda mutua para crecer en la castidad, en la valoración y en el respeto, sobre todo, ambos se han de esforzar por conservar la continencia sexual. Pues, este conocimiento al que están llamados los novios tiene sus límites, porque no se trata que experimente las acciones propias del matrimonio[86]. Las manifestaciones desmesuradas de afecto son innecesarias en una relación prematrimonial:

“Si, durante el noviazgo, el cuerpo se ofrece sin reservas, el amor perdería su dimensión espiritual –lo que lo hace verdaderamente humano–, llegándose a unas relaciones solamente pasionales, infrahumanas, que acabarían poniendo en peligro el matrimonio que aspiran”[87].

 Para Amoris Laetitia la etapa del noviazgo es decisiva y drástica, en la que se debe tomar las mejores decisiones, incluso las más dolorosas, como dar por finalizada una relación. En este tiempo de preparación los novios se han de dar

“la posibilidad de reconocer incompatibilidades o riesgos. De este modo se puede llegar a advertir que no es razonable apostar por esa relación, para no exponerse a un fracaso previsiblemente que tendrá consecuencias muy dolorosas. El problema es que el deslumbramiento inicial lleva a tratar de ocultar o de relativizar muchas cosas, se evita discrepara, y así solo se patean las dificultades para adelante” (AL n. 209).

La etapa del noviazgo es exclusivamente un periodo de conocimiento, discernimiento y elección. Es una etapa que va configurando a la persona para la vida matrimonial, en este momento

“si se reconocen con claridad los puntos débiles del otro, es necesario que haya una confianza realista en la posibilidad de ayudarle a desarrollar lo mejor de su persona para contrarrestar el peso de sus fragilidades, con un firme interés en promoverlo como ser humano. Esto implica aceptar con sólida voluntad la posibilidad de afrontar algunas renuncias, momentos difíciles y situaciones conflictivas, y la decisión firme de prepararse para ello. Se deben detectar las señales de peligro que podría tener la relación. Para encontrar antes del casamiento recursos que permitan afrontarlas con éxito. Lamentablemente, muchos llegan a las nupcias sin conocerse. Sólo se han distraído juntos, han hechos experiencias juntos, pero no han enfrentado el desafío de mostrarse a sí mismos y de aprender quién es en realidad el otro” (AL n. 210).

Por encima de todo, este tiempo de acompañamiento no solo debe basarse en conocimientos teóricos, sino también, en la asistencia de la gracia:

“Los novios se preparan a donarse como pareja a Cristo que sostiene, purifica y ennoblece el noviazgo y la vida conyugal. Así adquiere pleno sentido la castidad prematrimonial y descalifica las convivencias previas, las relaciones prematrimoniales y otras expresiones como el mariage coutumier en el proceso del crecimiento del amor”[88].

En suma, el noviazgo «debe contribuir a que el futuro matrimonio se construya como una comunidad de vida y amor»; que aquello que inició como una simple atracción, cada día se vaya perfeccionando sin interrupción, pues el amor que en fidelidad vivieron en el noviazgo no puede verse afectado, sino más bien se convierte en una fuerza que crece cada día, en buena parte dependiente de lo vivido en la etapa del noviazgo[89].




        2.3. Preparación inmediata

Familiaris Consortio señala que la preparación inmediata tiene lugar en los últimos meses y semanas previas a la celebración de las nupcias. Por su importancia y su valor, siempre es necesaria y “se impone con mayor urgencia para aquellos prometidos que presenten aún carencias y dificultades en la doctrina y en la práctica cristiana” (n. 66).

La finalidad de este curso, por un lado, es ponerse al día con las normas canónicas previas a la celebración litúrgica (cf. FC n. 66), y por otro lado, se busca hacer una explicación de la liturgia sacramental del matrimonio[90],

“proporcionar a los contrayentes un conocimiento más profundo de las obligaciones que se derivan del matrimonio, la madurez necesaria para afrontarlas, la disposición para recibir fructuosamente el sacramento, y, sobre todo, hacer la solicitud de la Iglesia porque cada matrimonio se sienta acompañado y atendido en estos momentos de tanta importancia”[91].

La preparación inmediata permite profundizar sobre los contenidos doctrinales, morales y espirituales[92]. Sobre todo, es la ocasión para invitar e “iluminar a los novios para que vivan con mucha hondura la celebración litúrgica, ayudándoles a percibir y vivir el sentido de cada gesto” (AL n. 213). Por ende, es necesario que en este itinerario de formación haya “un conocimiento serio del ministerio de Cristo y de la Iglesia, de los significados de gracia y responsabilidad del matrimonio cristiano, así como la preparación para tomar parte activa y consciente en los ritos de la liturgia nupcial” (FC n. 66).

Amoris Laetitia sumando importancia a la celebración litúrgica del matrimonio recuerda que en

“un compromiso tan grande como el que expresa el consentimiento matrimonial, y la unión de los cuerpos que consuma el matrimonio, cuando se trata de dos bautizados, sólo puede interpretarse como signo de amor del Hijo de Dios hecho carne y unido con su Iglesia en alianza de amor. En los bautizados, las palabras y los gestos se convierten en un lenguaje elocuente de la fe. El cuerpo, con los significados que Dios ha querido infundir al crearlo «se convierte en el lenguaje de los ministros del sacramento, conscientes de que en el pacto conyugal se manifiesta y se realiza el misterio»” (AL n. 213).

El poder distinguir la importancia de cada gesto de la celebración litúrgica significa haber hecho un recorrido consciente, deliberado y libre del fundamento del matrimonio (el consentimiento). El consentimiento, como acto humano, propio de la voluntad, por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente[93], desde el sí que se manifiestan los esposos, ilumina todos los aspectos de la vida matrimonial. A este respecto, Francisco señala que:

“A veces, los novios no perciben el peso teológico y espiritual del consentimiento, que ilumina el significado de todos los gestos posteriores. Hace falta que esas palabras no pueden ser reducidas al presente; implican una totalidad que incluye el futuro: «hasta que la muerte los separe». El sentido del consentimiento muestra que «libertad y fidelidad no se oponen, más bien se sostienen mutuamente, tanto en las relaciones interpersonales, como en las sociales. Efectivamente, pensemos en los daños que producen, en la civilización de la comunión global, la inflación de promesas incumplidas […] El honor de la palabra dada, la fidelidad a la promesa, no se puede comprar ni vender. No se puede imponer con la fuerza, pero tampoco custodiar sin sacrificio»” (AL n. 214).

Francisco apelando a la experiencia pastoral señala que gran cantidad de personas pide a la Iglesia el matrimonio sin haber recorrido adecuadamente el itinerario de preparación[94]. Muchos de ellos están «demasiado centrados en el día de la boda, olvidándose que están preparándose para un compromiso que dura toda la vida». «Hay que ayudar a advertir que el sacramento no es solo un momento que luego pasa a formar parte del pasado y de los recuerdos, porque ejerce su influencia sobre toda la vida matrimonial, de manera permanente» (cf. AL 215).

Por ello, «toda la pastoral familiar ha de ser consciente de esta situación para intentar suplir con los medios adecuados esas carencias». Además, en las distintas fases de la preparación matrimonial, las familias cristianas y toda la comunidad eclesial debe sentirse responsables de esta formación (cf. FC n. 66).

La preparación próxima y el acompañamiento más prolongado, no debe ser una asistencia estéril, con frutos limitados para determinadas circunstancias o para que los novios lleguen al matrimonio como si fuera el fin de una carrera, más bien

“deben asegurar que los novios no vean el casamiento como el final del camino, sino que asuman el matrimonio como vocación que los lanza hacia delante, con la firme y realista decisión de atravesar juntos todas las pruebas y momentos difíciles” (AL n. 21).

La preparación inmediata debe trabajar sobre el vínculo conyugal, sin limitarse únicamente al orden espiritual o doctrinal, sino también debe aportar recursos prácticos, consejos encarnados en la realidad socio-cultural, y una experiencia bien fundamentada en el amor humano. Para ello, es necesario contar con un grupo de apoyo o de lo contrario,

“indicarles lugares y personar, consultorías o familiar disponibles, donde puedan acudir en busca de ayuda cuando surjan dificultades. Pero nunca hay que olvidar la propuesta de la Reconciliación sacramental, que permite colocar los pecados y los errores de la vida pasada, y de la misma relación, bajo el influjo del perdón misericordioso de Dios y de su fuerza sanadora” (AL n. 211).

Se ha demostrado que la preparación inmediata está centrada en la celebración litúrgica del matrimonio, pero también, es un momento de diálogo entre el sacerdote y la pareja, con el fin de constatar la madurez y seriedad de los interesados a contraer el matrimonio. Para cerrar este apartado de la preparación inmediata nos detenemos en la entrevista de los novios con el párroco.

            2.3.1. Entrevista de los novios con el párroco (expediente matrimonial)

La entrevista con el sacerdote y la elaboración del expediente matrimonial son parte del proceso previo a la ceremonia litúrgica y es una cuestión de carácter normativo, como lo exige el derecho canónico (cf. FC n. 66). Es el espacio para constatar que nada se opone a la celebración válida y lícita del matrimonio[95], así como, también constata “la integridad del consentimiento, libre y con el compromiso de casarse aceptando la naturaleza, fines y propiedades del matrimonio, y, por último, si se ha recibido la adecuada formación”.

Benedicto XVI dirigiéndose a los miembros de la Rota Romana en enero del 2011 decía:

“La dimensión canónica de la preparación al matrimonio quizá no es un elemento que se percibe inmediatamente. En efecto, por una parte se observa que en los cursos de preparación al matrimonio la cuestión canónica ocupa un lugar muy modesto, cuando no insignificante, puesto que se tiende a pensar que los futuros esposos tienen muy poco interés en problemáticas reservadas a especialistas. Por otra parte, aunque a nadie se le escapa la necesidad de las actividades jurídicas que preceden al matrimonio, dirigidas a comprobar que «nada se opone a su celebración válida y lícita» (CIC, can. 1066), se ha difundido la mentalidad según la cual el examen de los esposos, las publicaciones matrimoniales y los demás medios oportunos para llevar a cabo las necesarias investigaciones prematrimoniales (cf. ib., can. 1067), entre los cuales se hallan los cursos de preparación al matrimonio, constituyen tramites de naturaleza exclusivamente formal. De hecho, a menudo se considera que, al admitir a las parejas al matrimonio, los pastores deberían proceder con liberalidad, al estar en juego el derecho natural de las personas a casarse”. 

La entrevista de los novios es «necesaria e insustituible», a más que permite constatar que se cumplan las disposiciones de la norma jurídica, como diálogo personalizado, permite completar la catequesis en cuestiones determinadas y afrontar problemas de conciencia[96]. El Directorio de la pastoral familiar de la iglesia española alerta de que

“se deberá prestar una atención particular al llamado examen de los contrayentes. Es un momento especialmente significativo en el discernimiento de la autenticidad del matrimonio que proyectan celebrar. La declaración de los contrayentes ha de unirse en testimonio de los testigos. Uno de los puntos importantes de este examen es comprobar su capacidad de llevar a cabo las obligaciones del matrimonio. No siempre se puede dar por supuesta la madurez psicológica de los contrayentes. La percepción de un defecto en este sentido debe conducir a un examen por parte de un experto”[97].

Dentro de las sugerencias canónicas que se debe tener presentes antes de la celebración y que garantizan la licitud y validez del matrimonio, se apela a la cooperación de todos los fieles, en caso que existan impedimentos y sean de su conocimiento, para que lo comuniquen antes de la celebración, sea al párroco o al ordinario del lugar[98]. Así mismo, “si realiza las investigaciones alguien distinto del párroco a quien corresponde asistir al matrimonio, comunicará cuantos antes su resultado al mismo párroco, mediante documento auténtico”[99], a fin de que todo esté dentro del marco legal.

        2.4. Preparación a la celebración y liturgia del sacramento

El itinerario de “preparación al matrimonio desemboca en la vida conyugal a través de la celebración del sacramento”[100]. Como norma general todo sacramento requiere de una celebración litúrgica, ya que, en los fieles bien dispuestos a recibirlos, la liturgia sacramental hace que casi todos los acontecimientos de la vida sean santificados por el misterio Pascual de Cristo[101]. En el caso de los esposos, por el misterio del sacramento nupcial, quedan incorporados al amor Trinitario[102].

La Constitución Sacrosanctum Concilium y el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerdan el carácter eclesial de la liturgia: “Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia”[103]. Familiaris Consortio, reivindicando estos criterios, señala que la celebración litúrgica del matrimonio ha de expresar de manera social y comunitaria la naturaleza eclesial y sacramental del pacto conyugal entre los bautizados (cf. FC n. 67).

La celebración no puede quedar reducida a un acto puramente social y cultural, se recomienda a los obispos cuidar y velar para que, lejos de toda interferencia, se preste ayuda a los fieles para que vivan activamente la celebración nupcial y puedan captar y gustar la riqueza del rito[104], porque

“los bautizados no se presentan ante la Iglesia sólo para celebrar una fiesta mediante ritos especiales, sino para contraer un matrimonio para toda la vida, que es un sacramento de la Nueva Alianza. Por este sacramento participan en el misterio de la unión de Cristo y la Iglesia, y expresan su unión íntima e indisoluble”[105].

Según la doctrina de la Constitución Sacrosanctum Concilium, para que los fieles accedan a la liturgia con recta disposición y cooperen con la gracia, los pastores deben procurar que las acciones litúrgicas no se queden en la observancia de las leyes, si la celebración es válida y lícita o no, sino también, se preocupen en que los fieles participen consciente, activa y fructíferamente en la liturgia (cf. n. 11). O como afirma el Pontificio Consejo para la Familia que la celebración no sea vista solo como algo legal sino también como un momento clave en la historia de la salvación para los cónyuges (cf. n. 62).

Si en la celebración litúrgica, los cónyuges son fortalecidos con la gracia santificante de Cristo y capacitados para cumplir con los deberes propios de su estado[106], la celebración del matrimonio de por sí debe ser válida, digna y fructuosa. Por ende, se estima que se deben cuidar el rito sacramental para que sea «sencillo y digno», previendo las circunstancias del tiempo y lugar. (cf. FC n. 67).

 Al estar el hombre vinculado a una cultura determinada, para la celebración matrimonial también se ha de considerar los elementos propios de cada cultura[107], tomando de ella los elementos “que mejor se prestan a expresar el profundo significado humano y religioso del pacto conyugal, con tal de que no contenga algo menos conveniente a la fe y a la moral cristiana” (FC n. 67). La ceremonia litúrgica, a más del carácter mistagógico, tiene a desarrollar de forma exterior “una proclamación de la palabra de Dios y una profesión de fe de la comunidad de los creyentes” (FC n. 67).

La celebración litúrgica debe comprometer a toda la asamblea ahí presente, “con la participación plena, activa y responsable de todos los presentes, según el puesto e incumbencia de cada uno: los esposos, el sacerdote, los testigos, los padres, los amigos, los demás fieles, todos los miembros de una asamblea que manifiesta y vive el ministerio de Cristo y de su Iglesia” (FC n. 67).

Amoris Laetitia, promueve una preparación litúrgica centrada en el amor y la gracia que santifica a los esposos, le preocupa que la preparación próxima tienda a reducirse a la preparación de los detalles de menor importancia, vestimenta, fiesta, et., que comprometen la participación activa de los novios en la liturgia. Muchos de ellos «llegan agobiados y agotados al casamiento, en lugar de dedicar las mejores fuerzas a prepararse como pareja para el gran paso que van a dar juntos». La comunidad y los pastores tienen la tarea de ayudar a los novios a priorizar el amor –que los unirá en matrimonio– para que «se convierta en lo normal y no en la excepción» (cf. AL n. 212).

La preparación inmediata debe comprometerse a ayudar a los novios a vivir la celebración litúrgica, «ayudándoles a percibir y vivir el sentido de cada gesto», partiendo del consentimiento, de la consumación del matrimonio, como también de los signos más sencillos que forman parte del rito, por ejemplo, el intercambio de los anillos (cf. AL n. 213). Adicionalmente, y no menos importante, esta preparación ha de formar a los novios en la oración, de modo que, se acerquen al altar después de haber orado juntos el uno por el otro (cf. AL 216).

        Conclusión

 “Quiero decir a los jóvenes que nada de todo esto se ve perjudicado cuando el amor asume el cauce de la institución matrimonial. La unión encuentra en esa institución el modo de encauzar su estabilidad y su crecimiento real y concreto. Es verdad que el amor es mucho más que un consentimiento externo o que una especie de contrato matrimonial, pero también es cierto que la decisión de dar al matrimonio una configuración visible en la sociedad, con unos determinados compromisos manifiesta su relevancia” (AL 131).

En nuestra actualidad, la institución del matrimonio se ha visto comprometida, las ideologías pansexualistas han buscado derogar la originalidad del matrimonio entre varón y mujer. Se pretende desde una deconstrucción de la naturaleza huma, del lenguaje o de la misma verdad, liberarse de ciertas realidades y estructuras tradicionales que impiden supuestamente la realización del sujeto y el derecho a contraer matrimonio y con quien contraerlo, ya sea matrimonios igualitarios o monógamos.

Se resta importancia al dato biológico para ensalzar el dato socio-cultural, de modo que en muchos entornos se considera retrógrado y discriminatorio hablar del matrimonio entre varón y mujer, y mucho más si esa defensa viene de la Iglesia. El mundo contemporáneo parece olvidar que el matrimonio, desde sus orígenes, goza de su razón de ser, por su base natural en la unión perdurable entre el hombre y la mujer, tal como lo ha querido el Creador. Por ello, siempre será necesario que la Iglesia, con un lenguaje renovador, ofrezca planteamientos que de modo integral presenten la belleza del matrimonio como una realidad siempre nueva.

Con la cuestión de la preparación al matrimonio se ha de presentar la vocación original del hombre al amor, ya que “Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo llama al mismo tiempo al amor” (FC n. 11), es decir, Dios desde los mismos orígenes llama al hombre a la comunión de personas bajo el vínculo del amor conyugal. Este amor conyugal es uno de los más grandes acontecimientos en favor de la persona, que después del amor de Dios a los hombres, demuestra el verdadero esplendor de la comunión de las personas.

Los textos que hemos analizado, Familiaris consortio y Amoris laetitia, nos han presentado la necesidad que el hombre tiene de ser formado para amar, porque el amor es una realidad que se aprende día a día. El hombre llamado a la vocación matrimonial se convierte en artesano del amor conyugal. La Iglesia, con su doctrina y amor de madre, quiere asistir a sus fieles en el camino del amor para que no desfallezca su ser y vocación, porque cuando se oscurece la imagen del hombre, se oscurece la imagen del matrimonio[108].

Sin embargo, “cuando el hombre y la mujer van al matrimonio, buscan en ella una nueva dimensión perfeccionante de sus vidas”[109]. Por ello, en el marco doctrinal hemos justificado la preparación al matrimonio como medio para ayudar a los jóvenes a descubrir la belleza del amor, y de cómo la Iglesia es la primera interesada en que el hombre pueda alcanzar la felicidad y perfección de vida cristiana, viviendo la vocación al matrimonio. De cómo ella se acerca a los novios para orientar su proceso de preparación al matrimonio que cristalice la obra de Dios en ellos. 

La preparación al matrimonio está dirigida especialmente a los jóvenes, pero es una tarea que se emprende desde la concepción, en cuanto que esa nueva vida es acogida y esperada por los padres como fruto del amor conyugal. Entendiéndose así, que la preparación al matrimonio es necesariamente gradual y continua, con procesos adecuados a la edad, al tiempo y al lugar de la persona. La preparación inicia en el seno de la familia y va madurando poco a poco con el esforzado auxilio que puede brindar la escuela, la parroquia, movimientos o grupos de formación, etc.

Las tres etapas de formación, remota, próxima e inmediata, están orientadas acompañar el camino de los novios, ofreciendo espacios de maduración personal para el conocimiento mutuo y el discernimiento vocacional, el mismo que a veces puede conllevar a renuncias y sufrimientos, a fin de evitar en un futuro conflictos o rupturas matrimoniales. La etapa próxima e inmediata canalizan de manera más cercana la preparación litúrgica del sacramento y preparan para la vida conyugal que, de modo imperfecto, los novios ya inician a vivir con la manifestación del afecto, del respeto, es decir, con la cultivación de las virtudes, sobre todo de la castidad, por la que los novios se manifiestan un amor fiel y exclusivo que seguirá creciendo en el matrimonio.  

Finalmente, iluminados por el Directorio de la Pastoral Familiar de la iglesia en España, hemos de considerado la vocación al amor como el hilo conductor de la preparación al matrimonio (n. 89), porque es el amor quien suscita e ilumina todo proceso y a todo matrimonio.



Pbro. Franklin Quezada S.



[1] Pontificio Consejo para la Familia, Preparación al sacramento del matrimonio (13 de mayo de 1996), n. 4.

[2] Melgar, G., Madurando como matrimonio y como familia, Madrid: PPC, 2018, p. 9.

[3] Reig Pla, Mons. J. A., “Las tareas de la pastoral renovada”, en Larrú, J. de D., La grandeza del amor humano, Madrid: BAC, 2013, p. 376. 

[4] Calles J.J., La pastoral familiar: del sínodo de 1980 al sínodo del 2014-2015, Familia 52 (2016) 145-174, p. 148.

[5] Cf. Conferencia Episcopal Española, La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad, (27 de abril de 2001), n. 169.

[6] Cf. Pontificio Consejo para la Familia. Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), n. 16.

[7] Ibíd. n. 21.

[8] Cf. Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 77.

[9] Pontificio Consejo para la Familia, Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), n. 51.

[10] Francisco, Discurso al Tribunal de la Rota Romana (29 de enero de 2019).

[11] Cf. Noriega, J., “La preparación al matrimonio en el noviazgo con prácticas propias”, en Larrú J. de D., (ed.), La grandeza del amor humano, Madrid: BAC, 2013, p. 313. pp. 311-321.

[12] Cf. Borobio Garcia, D., La preparación al matrimonio, contribución a la conyugalidad, Familia 31 (2005), p. 105 pp. 101-121. 

[13] Graulich, M., “Matrimonio y familia en el derecho canónico”, en Augustin, G., (ed.), El matrimonio y la familia, Maliaño: Sal Terrae, 2014, p. 93. pp. 85-96. 

[14] Cf. Borobio García, D., La preparación al matrimonio, contribución a la conyugalidad, Familia 31 (2005), p. 105 pp. 101-121. 

[15] Cf. Código de Derecho Canónico (25 de enero de 1983), c. 1008.

[16] Cf. Ibíd. c. 1063.

[17] Ibídc.1064.

[18] Cf. Ibíd., c. 1063. Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 1632.

[19] Francisco, Discurso al Tribunal de la Rota Romana (29 de enero de 2019).

[20] Conferencia Episcopal Española, La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar (26 de abril de 2012), n. 85.

[21] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes (7 de diciembre de 1965), n. 52.

[22] Cf. Conferencia Episcopal Española, La familia, santuario de la vida y espernaza de la sociedad, (27 de abirl de 2001), n. 96

[23] Benedicto XVI, Discurso en el V ecuentro mundoal de las familias (8 de julio de 2006).

[24] Coferencia del Espiscopado Latinoamericano (CELAM), Documento conclusivo de Medellin (26 de agosto – 7 de septiembre de 1968), n. 3.13.

[25] Rérez-Soba, J.J. – Kampowski, S., El verdadero Evangelio de la familia. Perspectivas paraa el debate sinodal, Madrid: BAC, 2014. p. 165

[26] Benedicto XVI, Discurso en el V encuentro mundial de las familias (8 de julio de 2006).

[27] Cf. Conferencia Episcopal Española, preparación al matrimonio cristiano, Madrid: EDICE, 2001, p. 32.

[28] Cf. Ibíd. p. 33.

[29] Cf. Francisco, Discurso al Tribunal de la Rota Romana (29 de enero de 2019).

[30] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 1632.

[31] San Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 93.

[32] Francisco, Discurso al Tribunal de la Rota Romana (29 de enero de 2019).

[33] Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 88.

[34] Cf. Pontificio Consejo para la Familia, Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), n. 22. FC n. 66.

[35] Cf. Ibíd. n.23

[36] Cf. Reig Plà, J. A., “El directorio de pastoral familiar de la Conferencia Episcopal Española y la renovación de la preparación pastoral para el matrimonio”, en Palo J., García L. M., Cremades, C., Diálogos de Teología VI. El matrimonio y la familia claves de la nueva evangelización, Vlencia: Edicep, 2004, p. 76. pp. 63-81.

[37] Cf. Pontificio Consejo para la Familia, Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), n. 23.

[38] Sínodo de los Obispos, III Asamblea General Extraordinaria, Relatio finalis. Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización (5-19 de octubre de 2014), n. 30

[39] Id., XIV Asamblea General Ordinaria, Relatio finalis. La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo (24 de octubre de 2015), n. 57.

[40] Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 78.

[41] Pontificio Consejo para la Familia, Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), 24.

[42] Cf. Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 79.

[43] Id., La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar (26 de abril de 2012), n. 122.

[44] Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 91.

[45] Aguiló Pastrana, A., “Escuela y familia”, en Álvarez de las Asturias, N., (ed.), Redescubrir la familia. Diagnóstico y propuestas, Madrid: Palabra, 2015, pp. 91-92. pp. 89-108.

[46] Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 91

[47] Acosta Peso, R., Luz que guía toda la Vida. La vocación al amor, hilo conductor de la pastoral familiar, Madrid: EDICE, 2007, p. 187.

[48] Conferencia Episcopal Española, La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar (26 de abril de 2012), n. 124.

[49] Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: Verdad y significado (8 de diciembre de 1995), n. 32. Cf. n. 27.

[50] Birngruber, S., La moral del seglar, Madrid: Rialp, 1957, p. 319.

[51] Cf. Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: Verdad y significado (8 de diciembre de 1995), n. 46.

[52] Cf. Massé García, M. del C., Educar para amar. Un amor sano, fuerte y verdaderamente libre, Madrid: PPC, 2019, pp. 35-37. 

[53] Cf. Ibíd. pp. 7. 33-34.

[54] Cf. Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: Verdad y significado (8 de diciembre de 1995), nn. 65-75.

[55] Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 2337.

[56] Cf. Ibíd. n. 2338.

[57] Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 101.

[58] Cf. Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: Verdad y significado (8 de diciembre de 1995), n. 5.

[59] Cf. Ibíd. n. 18. Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 2339.

[60] Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 2342.

[61] Cf. Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: Verdad y significado (8 de diciembre de 1995), n. 19.

[62] Ibíd. n. 16.

[63] Consejo Pontificio para la Familia, Sexualidad humana: Verdad y significado (8 de diciembre de 1995), n. 3.

[64] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), nn. 2346-2347.

[65] Consejo Pontificio para la Familia, Sexualidad humana: Verdad y significado (8 de diciembre de 1995), n. 17.

[66] Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 90.

[67] Ibíd., n. 89.

[68] Pontificio Consejo para la Familia, Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), n. 32.

[69] Ibíd., n. 33.

[70] Cf. Francisco, Exhortación Apostólica Christus Vivit (25 de marzo de 2019), n. 297.

[71] Cf. Sínodo de los Obispos, XV Asamblea General Ordinaria, Instrumentum Laboris (2018), nn. 85 y 106.

[72] Familiaris Consortio afirma que la “familia debe ayudar al hombre a discernir la propia vocación” (n. 2).

[73] Cf. Francisco, Exhortación Apostólica Postsinodal Christus Vivit (25 de marzo de 2019), nn. 283 y 297.

[74] Granada, D., “Transmitir el Evangelio de la familia”, en Álvarez de las Asturias, N., Redescubrir la familia. Diagnóstico y propuestas, Madrid: Palabra, 2015, pp. 127-146, p. 128.

[75] Sínodo de los Obispos, XV Asamblea General Ordinaria, Instrumentum Laboris (2018) nn. 85.

[76] Cf. Ibíd. n. 111. 

[77] Cf. Francisco, Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate (19 de marzo de 2018), n. 175.

[78] Conferencia del Espiscopado Latinoamericano (CELAM), Documento conclusivo de Aparecida (13-31 de mayo de 2007), n. 446.

[79] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis (22 de febrero de 2007), n. 29.

[80] Cf. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la Esperanza, (ed. Messori Vittorio), Barcelona: 1994, pp- 131-132.

[81] Francisco, Exhortación Apostólica Postsinodal Christus Vivit (25 de marzo de 2019), n. 259.

[82] Cf. Fenoy E. – Abad J., Amor y Matrimonio, Madrid: Palabra, 2015, p. 24.

[83] Cf. Pontificio Consejo para la Familia. Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), n. 17.

[84] Cf. Francisco, Audiencia General (27 de mayo de 2015).

[85] Ibíd.

[86] Cf. Fenoy E. – Abad J., Amor y Matrimonio, Madrid: Palabra, 2015, p. 24.

[87] Ibíd. p. 25.

[88] Pontificio Consejo para la Familia, Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), n. 37.

[89] Cf. Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 101. 

[90] Cf. Pontificio Consejo para la Familia, Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), n. 113.

[91] Ibíd., n. 112.

[92] Cf. Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 50.

[93] Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), nn.1627-1628.

[94] Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 113

[95] Cf. Código de Derecho Canónico (25 de enero de 1983), c. 1066.

[96] Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n, 124.

[97] Ibíd., Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España (21 de noviembre de 2003), n. 126.

[98] Cf. Código de Derecho Canónico (25 de enero de 1983), c. 1069.

[99] Ibíd., c. 1070.

[100] Pontificio Consejo para la Familia. Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), n. 60.

[101] Cf. Concilio Vaticano Segundo, Constitución Sacrosanctum Concilium (4 de diciembre de 1963), n. 61.

[102] Pontificio Consejo para la Familia. Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), n. 60.

[103] Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 1140.

[104] Pontificio Consejo para la Familia. Preparación al sacramento del matrimonio, (13 de mayo de 1996), n. 61.

[105] Id., Familia, matrimonio y “uniones de hecho” (26 de julio de 2000), n. 35.

[106] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes (7 de diciembre de 1965), n. 48.

[107] Cf. Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangellii Nuntiandi (8 de diciembre de 1975), n. 20.

[108] Cf. Conferencia Episcopal Española, La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar (26 de abril de 2012), n. 49.

[109] Fenoy, E. – Abad J., Amor y Matrimonio, Madrid: Palabra, 2015, p. 10.

HOMILÍA EN EL IV DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO

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Amor omnia vincit