domingo, 18 de diciembre de 2022

HOMILÍA EN EL IV DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO

 San José, hombre de manos inocentes y puro corazón

El evangelio de hoy proclama los sucesos que precedieron al nacimiento del Mecías desde la mística de san José, prometido en matrimonio con la Virgen María. Resulta que antes de empezar a vivir juntos los santos esposos, María, se encontró que estaba embarazada por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1,18), ante tan grande misterio y sin conocerlo aún, José, hombre justo, se turbó y decidió repudiarla en secreto para preservar la dignidad de la Mujer asumiendo toda la carga del aparente daño moral. Creo que José «no pensó mal de María, estaba encantado con ella, ninguna mujer del mundo ha sido tan querida por su esposo»[1] como la Virgen.

Por su parte, María, según la narración escriturística permanece en silencio, aguardando a que Dios mismo desvele el misterio que la involucra, ella es la que «conserva cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2,51) y como dice el «teólogo de la belleza», «no le toca a ella desvelar el acontecimiento sigiloso que ha tenido lugar entre ella y el Espírito Santo»[2].

Ante la perplejidad de José, hombre de manos inocentes y puro corazón, Dios lo bendice (cfr. Sal 23) confortando sus pensamientos y revelándole en sueños por medio de su Ángel el misterio de la Encarnación de su Hijo. Al mismo tiempo, le confía la paternidad de su Hijo y le concede el privilegio de dar el nombre al Salvador del mundo: «tú le pondrás el nombre de Jesús» (Mt 1,21). Su respuesta fue inmediata: «despertándose del sueño hizo como el Ángel le había mandado, y tomó consigo a su mujer» (Mt 1,24), por su obediencia a Dios superó su propio drama e incertidumbre y, hablando coloquialmente, salvó a María[3]. 

San José queda distinguido del resto de los mortales por su humilde sumisión a la voluntad de Dios. En su noche oscura confronta los planes de Dios con los suyos, el mensaje del Ángel: «no temas en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,20), asegura su renuncia más radical, renuncia a sus planes personales para abrirse a los de Dios, compartir con Él el amor a María «sin poner condiciones previas»[4] y custodiar el inicio de la salvación, es decir, cuidar la vida terrena de Aquel que «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).

Los sueños de José son un verdadero camino vocacional, los detalles que da el evangelio de aquel momento son pocos, pero suficiente para descubrir el discernimiento vocacional de José y las modificaciones que ahora la novedad desconcertante de Dios le invita hacer en su proyecto de vida compartido con María. Así, el anuncio de la paternidad adoptiva del Mesías ha sido para José un llamado a dar «apoyo esponsal» a la Virgen, porque si él no hubiera aceptado corresponder a Dios seguramente María habría terminado lapidada, pues al encontrase embarazada sin la intervención de José, la razón humana se inclinaría a que incurrió en adulterio y según la ley de Moisés toda mujer adúltera debía morir lapidada (cfr. Dt 22,23-24).

La nobleza del corazón de José le lleva a adoptar la vía de la caridad para con su amada y para nuestro contexto, donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es latente, se presenta como figura de varón y de esposo respetuoso, delicado, prudente, que opta por la integridad de la mujer, que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María[5]. No así el hombre mundano, sin medirse ante Dios, ante lo que no entiende exige explicaciones y al no encontrarlas tal como las quiere se deprime, ocasiona discordias, atenta contra la buena fama de las personas y lo que es más doloroso para la naturaleza humano, hasta llegan al asesinato.

Finalmente, reconocemos que la gran novedad en el interior de la vida esponsal de José y María, pasando por la que serán padres del salvador, es que su amor de esposos es totalmente elevado por encima de lo meramente carnal a lo sobrenatural, un amor de predilección y contemplación; en modo que José comprende la grandeza de María, respeta su integridad y misión, por eso «él no habría podido contaminar el templo del Espíritu Santo»[6] con pretensión sensual alguna, y la misma María, «desde el momento de la anunciación (…), sabe que bebe llevar a cabo su deseo virginal de darse a Dios de modo exclusivo y total precisamente por el hecho de llegar a ser la madre del Hijo de Dios»[7].

Hermanos, veneremos con singulares alabazas a san José, esposo de la Virgen Madre, por ser ante la Iglesia y el mundo el gran testigo[8] de la Virginidad y Maternidad divida de María.

San José, ruega por nosotros.



[1] Fernández, Mons. D, Homilía del IV Domingo de Adviento (18 de diciembre de 2022).

[2] cfr. Von Balthasar, H.U., Comentarios a las lecturas Dominicales, Madrid: Encuentros, 1994, p. 17.

[3] cfr. Francisco, Carta Apostólica Patris Corde (8 de diciembre de 2020) n. 3.

[4] Ibíd., n.4.

[5] cfr. Francisco, Carta Apostólica Patris Corde (8 de diciembre de 2020) n. 3.

[6] San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio según san Lucas II, 5: ccl 14,32-33.

[7] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Redentoris Custos (30 de diciembre de 1989), n. 18.

[8] León XIII, Carta Encíclica Quamquam Pluries (15 de agosto de 1889), n. 3

domingo, 6 de noviembre de 2022

Homilía en el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. Ciclo C


El Rey del universo nos resucitará para una vida eterna

(cfr. 2Mac 7,9)

En este domingo la liturgia de la palabra nos invita a reflexionar en el misterio de la resurrección de los muertos, desde la certeza de fe de los macabeos a nuestro tiempo, a nuestra fe, sabemos que el Rey del universo nos resucitará para una vida eterna (cfr. 2Mac 7,9).  Esta «semilla de eternidad» presente en el corazón del hombre no ha sido ni será saciada por ninguna práctica científica de encarnizamiento de la vida en este mundo. La ciencia podrá prolongar la vida, pero la vida no dejará de ser desdicha y estar sujeta al dolor y sufrimiento propio de la naturaleza humana; por muy útil que sea la técnica moderna, no puede calmar los deseos de trascendencia del hombre (cfr. GS n. 18); el deseo de trascendencia, el deseo de vida eterna solo puede ser saciado por el Dios Viviente, el “Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob” (Lc 20,38).

En nuestro mundo secularizado, materializado e ideologizado, subrayar la fe en la resurrección, constituye una necesidad urgente en el ejercicio de la misión eclesial. Necesitamos recordar al hombre actual que la misma estructura natural-racional del hombre, reclama de una realidad sobrenatural, porque la belleza humana no puede ser para la muerte sino para la vida.

Aunque no se hubiera revelado Dios, me negaría a no creer en una Vida eterna y como dice un soneto a Cristo Crucificado, de autor desconocido probablemente del siglo XVII, «aunque no hubiera cielo, yo te amara»; por fortuna, «la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre» (GS n. 18).

En Cristo Jesús, estamos destinados al misterio de la resurrección, en su persona está la vida en plenitud, Él mismo ha «ligado la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida” [Jn 11,25].  Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él [cf. Jn 5,24-25; 6,40] y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre [cf. Jn 6,54]» (CEC n. 994). La comprensión de la resurrección de los muertos tal como afirma la doctrina cristiana corresponde propiamente a la lógica de la fe, porque afirmar que la «resurrección de la carne» después de la muerte, no versa solamente en la vida del alma inmortal, sino que el «cuerpo mortal» volverá a tener vida (cfr. Ibíd. n. 990), no es una postulación a la que la razón puede llegar por sí misma.

Aunque ha sido una preocupación del hombre de todos los tiempos, para algunos es una exageración hablar que exista vida después de la muerte, otros dilucidan imaginando una vida similar a la de este mundo, con la excepción del sufrimiento y del dolor. Con equivalente concepción, los interlocutores de Jesús en el evangelio de hoy, los saduceos, que proceden de Sadoq, sacerdote en los tiempos del rey David (cfr. 2Sam 8,17), que no creen en la resurrección de los muertos, reaccionan ante la enseñanza de Señor postulando una interrogante con la pretensión de corregir al Señor a fin de mantener la tradición y la cultura tal cual estaba, ya que ven en Aquel que hablaban de la resurrección un peligro para su orden espiritual y social.

Ellos preguntan sobre el caso de una mujer que se casó con siete hermanos siguiendo la ley del levirato, la misma que dice: «si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano» (Lc 20,28; cfr. Dt 25,5), entonces, cuando está murió, prosiguen, en la resurrección, ¿de cuál será esposa, si los siete estuvieron casados con ella? (cfr. Lc 20,28-33).

La respuesta de Jesús, que confirma el hecho de la resurrección de los muertos, nos indica que esta nueva realidad es totalmente distinta a lo que está acostumbrado el hombre mortal. Después de la resurrección no habrá preocupación alguna como las que existen en este mundo, aquí en la tierra el hombre se preocupa del sustento, de la fama, del poder y como sabe que morirá se preocupa de dejar descendencia que prolongue su identidad y conserve lo que acumuló. 

Jesús nos deja claro que la resurrección no es una prolongación de la vida de este mundo, es una trasformación de la vida, es una vida totalmente nueva de la que participa el cuerpo y alma. Así se revela que el cuerpo y el alma están destinados a vivir en y con Dios. Cundo Jesús habla de esta nueva realidad parece afirmar que una sola cosa perdurará en la eternidad: vivir del amor de Dios, por eso ya no habrá necesidad del amor carnal en sí mismo, aquí abajo hombres y mujeres se casan, pero en la resurrección ya no se casarán, porque serán como los ángeles. El amor carnal será transformado en divino y el hombre quedará saciado de sus deseos bajo el dinamismo del amor de Dios.  

Sin despreciar la vida del mundo presente, en la que dejamos que Dios santifique nuestra existencia, no hemos de tener temor a la muerte, en ella, que «es como un paño oscuro que cubre la humanidad cerrando todo horizonte (Is 25,7)» [1], Dios mismo, por la obediencia y victoria de su Hijo, pone en nosotros fin al dolor y al sufrimiento causados por el pecado. Como Cristo ha vencido a la muerte y en aquello que parecía que era el final, nos ha conseguido el remedio de la inmortalidad. Así, la muerte de Cristo es sacramento de salvación para todo el mundo, lo que pretendió ser veneno para el hombre terminó siendo remedio de sí misma. No vale rehuir de la muerte, hay que considerarla una ganancia como la considera el apóstol (cfr. Fli 1,12). La penosa realidad del hombre se hizo merecedora de la compasión del Padre Dios, que puso fin a los males de la humanidad, dando a la misma muerte la capacidad de restituir lo que la vida había perdido [2].

Cerremos esta reflexión contemplando a la Santísima Trinidad, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, conforte nuestros corazones y nos disponga a toda clase de obras buenas; que nos libre de toda maldad y que cooperemos con nuestro testimonio de vida al anuncio del Evangelio (cfr. 2Tes 2,16-17.3,1-5). Amén



[1] Ampuero, J. A, Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: El gozo de la esperanza, Pamplona: Fundación Gratis Date, 2004, 120

[2] cfr. San Ambrosio, Conmemoración de los fieles difuntos en Liturgia de las Horas, 2 de noviembre.

viernes, 23 de septiembre de 2022

HOMILÍA EN LA MEMORIA DEL PADRE PÍO DE PIETRELCINA

Qo 3,1-11

Sal 143, 1ª y2abc.3-4

Lc 9,18-22

“Hay un tiempo para cada cosa”

La Liturgia de la Palabra que acompaña esta memoria de San Pío nos señala que “hay un tiempo para cada cosa y todo lo que hacemos bajo el sol tiene su tiempo” (Qo 3,1), los catorce binomios opuestos señalados por el Predicador-Qohelet demandan de un justo discernimiento para el obrar humano, adecuado al tiempo, a la necesidad o las circunstancias. No tiene provecho alguno alterar el ritmo de los sucesos de la vida del hombre que dependen de la voluntad divina, y más aún, sabiendo que “el hombre no puede abarcar las obras de Dios desde el principio hasta el fin” (Qo 3,11).

Si el discernimiento estuviera presente en nuestra vida, seguramente nos equivocaríamos menos; sin llevar un cálculo matemático, la suma de nuestras buenas acciones haría de nuestra vida una existencia virtuosa que planta, cura, edifica, ríe, baila, abraza, etc. Dilectísimo orden no es indiferente al drama humano, por ejemplo, para saber que significa estar alegre o feliz hay que pasar por el sufrimiento, por el dolor o por el camino de las lágrimas. Como dice Monseñor Ignacio Munilla: “cuando alguien me pregunta si soy feliz, acostumbro a responder: «soy feliz, pero sufro. O si quieres, te lo digo al revés: aunque sufro soy feliz»” (del Prólogo en Dios te quiere Feliz).

Cada cosa tiene su tiempo y duración y el hombre no está fuera de este designio divino, su vida “es igual que un soplo; sus días, una sobra que pasa”, ¿por qué afanarse en ir más allá del carisma o de los dones concedidos por Dios? Lo que realmente ayuda a superar la imposibilidad de “intervenir en el engranaje del tiempo” (Zevini, G. –Cabra, P., Lectio divina para cada día del año. Ferias del Tiempo Ordinario, Vol. 7) es la identificación y reconocimiento de la Persona de Jesucristo como fundamento de la vida en plenitud.

Las circunstancias socio-culturales de nuestro tiempo diversifica y exageran las formas de conocer al Señor, e incluso, algunos llegan a la marginación del hombre que creen en la Humanidad y Divinidad de Jesús relegando su fe al ámbito de lo privado. Para evitar la confusión de la identidad y conocimiento de la persona de Jesús, necesitamos volver al testimonio del apóstol Pedro, que supera la confusión de sus contemporáneos y de los nuestros.

Pedro por inspiración divina (cf. Mt 16,17) ante la pregunta de Jesús: “¿Quién dice la gente que soy yo?” responde que Jesús, es “el Mesías de Dios” (Lc 9,18). No vacila en su respuesta, para él Jesús no es el Bautista, no es Elías ni un profeta antiguo, es “el Ungido de Dios” (Lc 9,20). La respuesta de Pedro no está condicionada por interés particulares como la de aquellos que Herodes había escuchado (cf. Lc 9,7). Desde aquel entonces Pedro se convierte en el portavoz del colegio apostólico y por vencer las aspiraciones de la carne se convierte en fundamento de la Iglesia (cf. San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, Libro VI, 93-95).

Seguidamente Jesús confirma su identidad y revela el desenlace de su vida terrenal: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley, ser matado y resucitar al tercer día” (Lc 9,22).

Ahora bien, ¿Quién es Jesús para mí? No te permitas un Jesús a tu imagen o a tu medida, a la altura de tu conocimiento abstracto, ve al Jesús de la Cruz, aquel que pasó haciendo el bien (cf. Hch 10,30) y que Dios lo resucitó para nuestra salvación (cf. Ro 10,9; 1Cor 6,14). Ve al Jesús que amó y sirvió san Pío y que como él no tengamos miedo a dejarnos pulir por el Señor, ya sea por la enfermedad, la persecución, los miedos, las tristezas espirituales, etc. Como dice el mismo santo:

“Al constructor que busca erigir una edificación le conviene ante todo pulir lo mejor posible las piedras que va a utilizar en la construcción. Lo consigue con el martillo y el cincel. Del mismo modo el Padre celeste actúa con las almas elegidas que, desde toda la eternidad, con su sabiduría y providencia, han sido destinadas para la erección de un edificio eterno (…). ¿Cuáles son los golpes del martillo y del cincel? (…) la oscuridad, los miedos, las tentaciones, las tristezas del espíritu y los miedos espirituales, que tiene un cierto olor a enfermedad, y la molestia del cuerpo.

Dad gracias a la infinita piedad del Padre eterno que, de esta manera, conduce vuestra alma a la salvación” (Padre Pío, Piedras del edifico eterno, LH).

Amén

 

 

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Homilía en la Fiesta de San Mateo



"Se levantó y lo siguió"

A la luz del evangelio de esta fiesta litúrgica puede surgir la inquietud: ¿por qué Mateo se levantó y siguió a Jesús? Con san Beda el Venerable (cf. CCL 122, 149-152) podemos responder a dicha interrogante: Jesús vio al publicano, lo amó y lo eligió. Entonces la clave para comprender la respuesta de Mateo está en el amor que Jesús le tiene, el Señor lo vio con la mirada interna de su amor más que con los ojos corporales y hace que su voz, sonido exterior, penetre lo más profundo de su corazón, donde solo la gracia espiritual puede alumbrar lo más profundo del hombre, ahí donde radican los verdaderos deseos de trascendencia. Esta gracia permite que Mateo comprenda que solo en el Señor el hombre puede encontrar el tesoro de su vida, superando la fascinación (avaricia) de los bienes terrenales.

Miramos también que el Señor en aquel momento ya coloca a Mateo como signo de contradicción (cf. Lc 2,34). La experiencia vocacional de este hombre fue ocasión para la conversión de algunos publicanos y pecadores; para otros, como los fariseos, en cambio fue motivo de escándalo, de rechazo o murmuración. Mateo, según la concepción de Israel de aquel tiempo, como recaudador de impuestos era considerado un pecador público (cf. Benedicto XVI, AG, 30-08-06), imposible que los fariseos acepten que Jesús, que dice llamarse y ser Hijo de Dios, comparta con este hombre impuro según los esquemas religiosos. Será Jesús quien los vuelva al mundo real a estos hombres recordándoles la condición pecadora del hombre e invitándoles a la misericordia con la exclamación del profeta Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificios» (6,6).

Ahora bien, los cristianos hemos de comprender que detrás de cada vocación cristiana hay un verdadero initium fidei de hombres y mujeres que han permanecido indiferentes a los dones sobrenaturales y contemplando la obra del Maestro en la vida de sus elegidos emprenden su conversión. Cuando tengamos la tentación de murmurar la elección del Señor como la comunidad de fariseos, recordemos que quien llama a la misión es Él y sabe trabajar con instrumentos insuficientes. Pero, sobre todo, miremos que Jesús a nadie aparta de su amistad y no ha «venido a llamar a justos, sino a pecadores», porque «no tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos» (cf. Mt 9,12; Mc 2,17).

Amén

 

HOMILÍA EN EL IV DOMINGO DE ADVIENTO. CICLO

  San José, hombre de manos inocentes y puro corazón El evangelio de hoy proclama los sucesos que precedieron al nacimiento del Mecías des...

Amor omnia vincit