San José, hombre de manos inocentes y puro corazón
El evangelio de hoy proclama los sucesos que precedieron al nacimiento del Mecías desde la mística de san José, prometido en matrimonio con la Virgen María. Resulta que antes de empezar a vivir juntos los santos esposos, María, se encontró que estaba embarazada por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1,18), ante tan grande misterio y sin conocerlo aún, José, hombre justo, se turbó y decidió repudiarla en secreto para preservar la dignidad de la Mujer asumiendo toda la carga del aparente daño moral. Creo que José «no pensó mal de María, estaba encantado con ella, ninguna mujer del mundo ha sido tan querida por su esposo»[1] como la Virgen.
Por su parte, María, según la narración escriturística permanece en silencio, aguardando a que Dios mismo desvele el misterio que la involucra, ella es la que «conserva cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2,51) y como dice el «teólogo de la belleza», «no le toca a ella desvelar el acontecimiento sigiloso que ha tenido lugar entre ella y el Espírito Santo»[2].
Ante la perplejidad de José, hombre de manos inocentes y puro corazón, Dios lo bendice (cfr. Sal 23) confortando sus pensamientos y revelándole en sueños por medio de su Ángel el misterio de la Encarnación de su Hijo. Al mismo tiempo, le confía la paternidad de su Hijo y le concede el privilegio de dar el nombre al Salvador del mundo: «tú le pondrás el nombre de Jesús» (Mt 1,21). Su respuesta fue inmediata: «despertándose del sueño hizo como el Ángel le había mandado, y tomó consigo a su mujer» (Mt 1,24), por su obediencia a Dios superó su propio drama e incertidumbre y, hablando coloquialmente, salvó a María[3].
San José queda distinguido del resto de los mortales por su humilde sumisión a la voluntad de Dios. En su noche oscura confronta los planes de Dios con los suyos, el mensaje del Ángel: «no temas en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,20), asegura su renuncia más radical, renuncia a sus planes personales para abrirse a los de Dios, compartir con Él el amor a María «sin poner condiciones previas»[4] y custodiar el inicio de la salvación, es decir, cuidar la vida terrena de Aquel que «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).
Los sueños de José son un verdadero camino vocacional, los detalles que da el evangelio de aquel momento son pocos, pero suficiente para descubrir el discernimiento vocacional de José y las modificaciones que ahora la novedad desconcertante de Dios le invita hacer en su proyecto de vida compartido con María. Así, el anuncio de la paternidad adoptiva del Mesías ha sido para José un llamado a dar «apoyo esponsal» a la Virgen, porque si él no hubiera aceptado corresponder a Dios seguramente María habría terminado lapidada, pues al encontrase embarazada sin la intervención de José, la razón humana se inclinaría a que incurrió en adulterio y según la ley de Moisés toda mujer adúltera debía morir lapidada (cfr. Dt 22,23-24).
La nobleza del corazón de José le lleva a adoptar la vía de la caridad para con su amada y para nuestro contexto, donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es latente, se presenta como figura de varón y de esposo respetuoso, delicado, prudente, que opta por la integridad de la mujer, que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María[5]. No así el hombre mundano, sin medirse ante Dios, ante lo que no entiende exige explicaciones y al no encontrarlas tal como las quiere se deprime, ocasiona discordias, atenta contra la buena fama de las personas y lo que es más doloroso para la naturaleza humano, hasta llegan al asesinato.
Finalmente, reconocemos que la gran novedad en el interior de la vida esponsal de José y María, pasando por la que serán padres del salvador, es que su amor de esposos es totalmente elevado por encima de lo meramente carnal a lo sobrenatural, un amor de predilección y contemplación; en modo que José comprende la grandeza de María, respeta su integridad y misión, por eso «él no habría podido contaminar el templo del Espíritu Santo»[6] con pretensión sensual alguna, y la misma María, «desde el momento de la anunciación (…), sabe que bebe llevar a cabo su deseo virginal de darse a Dios de modo exclusivo y total precisamente por el hecho de llegar a ser la madre del Hijo de Dios»[7].
Hermanos, veneremos con singulares alabazas a san José, esposo de la Virgen Madre, por ser ante la Iglesia y el mundo el gran testigo[8] de la Virginidad y Maternidad divida de María.
San José, ruega por
nosotros.
[1]
Fernández, Mons. D, Homilía del IV Domingo de Adviento (18
de diciembre de 2022).
[2]
cfr. Von Balthasar, H.U., Comentarios a las lecturas Dominicales,
Madrid: Encuentros, 1994, p. 17.
[3]
cfr. Francisco, Carta Apostólica Patris Corde (8 de
diciembre de 2020) n. 3.
[4] Ibíd., n.4.
[5]
cfr. Francisco, Carta Apostólica Patris Corde (8 de
diciembre de 2020) n. 3.
[6]
San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio según san Lucas II, 5: ccl 14,32-33.
[7]
Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Redentoris Custos
(30 de diciembre de 1989), n. 18.
[8]
León XIII, Carta Encíclica Quamquam Pluries (15 de agosto de 1889), n. 3
