viernes, 12 de marzo de 2021

"LA PREPARACIÓN AL MATRIMONIO A LA LUZ DEL MAGISTERIO DE LA IGLESIA"





El Magisterio de la Iglesia, hundiendo sus raíces en la Sagrada Escritura y en la Tradición recibida, nos indica que “Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor”[1]. De este modo, Dios ha inscrito en la naturaleza misma del hombre y de la mujer la vocación al amor[2] que, a su vez, “se expresa y se perfecciona de manera singular en el acto propio del matrimonio”[3], como un amor bueno ante los ojos de Dios y bendecido por Él para la fecundidad y la plena realización bajo el cuidado común de la creación (cf. Gn 1, 28)[4].

Tal es así que, configurado el matrimonio como vocación por el Creador, necesita, como toda vocación, de preparación y acompañamiento en su camino para una respuesta total. De este modo, se ha llegado a comprender, que “el amor no es cosa que se aprenda, ¡y sin embargo no hay nada que sea más necesario enseñar!”[5]. Por ello, la preparación al matrimonio viene a ser una tarea indispensable en la vida pastoral de la Iglesia, teniendo como principales receptores a los jóvenes. El Concilio Vaticano II, de cuya teología pastoral se alimentan nuestros textos fundamentales, Familiaris Consortio y Amoris Laetitia, afirma en Gaudium et Spes que

“los jóvenes deben ser instruidos adecuada y oportunamente sobre la dignidad, tareas y ejercicio del amor conyugal, sobre todo en el seno de la misma familia, para que, educados en el cultivo de la castidad, puedan pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo al matrimonio”[6].

Igualmente en Apostolicam Actuositatem, donde habla de la familia como célula primordial y vital de la sociedad, señala, dentro de las obras pastorales que están a su cargo, que ella misma debe “ayudar a los novios a prepararse mejor para el matrimonio”[7].

En el Catecismo de la Iglesia Católica, la preparación al matrimonio está en íntima relación con “el sí de los esposos” (n. 1632), por cuyo acto de donación, los esposos se pertenecen mutuamente, porque “el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro” (n. 1605). Por ende, se estima que la preparación es de primera importancia y debe estar bajo la responsabilidad de los pastores, de la familia y de toda la comunidad cristiana (cf. n. 1632).

La Carta Magna que propone un itinerario de preparación para el matrimonio es la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de San Juan Pablo II, publicada en Roma el 22 de noviembre de 1981, en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. En ella, el Papa considera al amor como el principio y fundamento de toda vocación y relación interpersonal, y expone su famosa declaración:

“El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incompresible, su vida esta privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente” (FC n. 18).

Familiaris Consortio prevé que la acción pastoral de la Iglesia, ante la experiencia de amor que se da entre el hombre y la mujer, debe estar presente por medio de la pastoral familiar como apoyo de la familia. Este acompañamiento debe ser progresivo, para acompañarla en sus diversas etapas de formación y desarrollo (cf. n. 65). En cuanto concierne a la preparación al matrimonio como tal, se estima que:

“En nuestros días es más necesaria que nunca la preparación de los jóvenes al matrimonio (…). Los cambios que han sobrevenido en casi todas las sociedades modernas exigen que no sólo la familia, sino también la sociedad y la Iglesia se comprometan en el esfuerzo de preparar convenientemente a los jóvenes para las responsabilidades del futuro (…).

La Iglesia debe promover programas mejores y más intensos de preparación al matrimonio, para eliminar lo más posible las dificultades en que se debaten tantos matrimonios, y más aún para favorecer positivamente el nacimiento y maduración de matrimonios logrados” (FC n. 66).

Familiaris Consortio sugiere que la preparación al matrimonio debe ser “un proceso gradual y continuo”, un proceso que vaya desarrollándose por etapas: remota, próxima e inmediata. Este proceso formativo ha de iniciar en la infancia para avanzar hasta el momento previo a la celebración nupcial y para la posterioridad de la misma (cf. n. 66). También señala la puesta en marcha de un programa de acompañamiento a las parejas en los primeros años de matrimonio para ayudarles a descubrir su nueva vocación y misión, sobre todo, para ayudarles a enfrentar los problemas que se presentan en el camino conyugal que acaban de emprender (cf. n. 69).

 Antes de llegar a Amoris Laetitia, nos detenemos también en la aportación y recomendaciones que el Pontificio Consejo para la Familia concibió en 1996 sobre la preparación al matrimonio[8]. En el preámbulo, primeramente, hace una valoración positiva del apoyo que la sociedad brindaba a esta dimensión pastoral en épocas anteriores, porque «reconocía los valores y beneficios del matrimonio». En segundo lugar, señala los males de la actualidad que afectan al matrimonio y a su valor y finalidad[9].

En palabras propias del Pontificio Consejo para la Familia,

“la preparación al matrimonio constituye un momento providencial y privilegiado para cuantos se orientan hacia este sacramento cristiano y un kairós, es decir, un tiempo en el que Dios interpela a los novios y les lleva al discernimiento sobre la vocación al matrimonio y la vida en la que ésta introduce”[10].

La preparación al matrimonio, al mismo tiempo que es un momento de discernimiento de las implicaciones de la vida esponsal, por su importancia, “exige un proceso de evangelización consistente en la madurez de la fe y su profundización”[11]. En efecto, Familiaris Consortio en 1981 ya había señalado que “la misma preparación al matrimonio cristiano se califica ya como un itinerario de fe” (n. 51).

En Amoris Laetitia, publicada en Roma en el jubileo del Año de la Misericordia, el 19 de marzo de 2016, el Papa Francisco, en sintonía con el magisterio anterior y con su eventual lenguaje de cercanía, afirma que “«el deseo de familia permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva a la Iglesia»” (n. 1). Por ello, “necesitamos ayudar a los jóvenes a descubrir el valor y la riqueza del matrimonio” (n. 205).

Para Amoris Laetitia la preparación al matrimonio está estrechamente unida a las etapas de formación y desarrollo de la persona, y es necesario que toda la comunidad cristiana entre en este dinamismo y se sienta corresponsable en la preparación de los novios, para que estos lleguen al matrimonio conscientes de la responsabilidad que asumen y de la belleza que encierra el amor conyugal, de modo que no se expongan a posibles fracasos (cf. nn. 206-209).

Desde Amoris Laetitia, la preparación matrimonial es vista como una pastoral centrada en el vínculo conyugal, y desde la cual, la Iglesia aporta elementos pedagógicos que ayuden a los novios a madurar en el amor y a superar los momentos duros que se presentan en la vida de los esposos. Todo este marco, no puede avanzar sin asumir la misericordia de Dios y su fuerza sanadora (cf. n. 211).

La preparación al matrimonio desde el Magisterio Latinoamericano

Si miramos el desarrollo teológico de la preparación al matrimonio en la Iglesia Latinoamericana, podemos ver que descansa en las mismas preocupaciones de toda la Iglesia. Las Asambleas Generales del Episcopado Latinoamericano han sido profundamente sugerentes en esta temática, ya que la familia y el matrimonio son una de sus prioridades dentro de su camino pastoral.

El Documento Conclusivo de Medellín de 1968, adelantándose a Familiaris Consortio, y a pocos años de haber concluido el Concilio Vaticano II, dentro de las recomendaciones para la pastoral familiar, exhorta a “procurar, desde los años de la adolescencia, una solidad educación en el amor”[12].  Igualmente, alienta a “difundir la idea y facilitar en la práctica una preparación para el matrimonio accesible a todos los que se van a casar y tan integral como sea posible: física, sociológica, jurídica, moral y espiritual”[13]. El documento recomienda también que se debe llevar a los jóvenes, a los recién casados, a tomar conciencia de una paternidad responsable[14].

El Documento Conclusivo de Puebla, que mira en su conjunto a la pastoral familiar, declara que:

“Urge un diligente cuidado pastoral para evitar los males provenientes de la falta de educación en el amor, la falta de preparación al matrimonio, el descuido de la evangelización familiar y de la formación de los esposos para la paternidad responsable. Además, no podemos desconocer que un gran número de familias de nuestro continente no han recibido el sacramento del matrimonio. Muchas de estas familias, no obstante, viven en cierta unidad, fidelidad y responsabilidad. Esta situación plantea interrogantes teológicas y exige un adecuado acompañamiento pastoral”[15].

Puebla mira con agrado a las parejas que aceptan participar de la sacramentalidad del matrimonio, pues, para su momento, eran muchos los novios que se preparaban con seriedad para el matrimonio y celebraban con un verdadero sentido cristiano[16]. Así mismo, considera a “la catequesis pre-sacramental y su celebración litúrgica como momento privilegiado para el anuncio y respuesta al Evangelio del amor conyugal y familiar”[17].

La Asamblea General del Episcopado latinoamericano reunidos en Santo Domingo, ha considerado que la pastoral familiar ha de ser «previsora, audaz y positiva». Pide cuidar la formación de los futuros esposos y acompañarles en los primeros años de su vida matrimonial. Se detiene brevemente en la preparación inmediata al matrimonio, para señalar el valor que ésta tiene para los novios antes de la liturgia sacramental[18].

El Documento conclusivo de Aparecida de 2007, dentro de las pautas para tutelar y apoyar a la familia, sugiere a la pastoral familiar “renovar la preparación remota y próxima para el sacramento del matrimonio y la vida familiar con itinerarios pedagógicos de fe”. También pide atención en la educación integral de todos los miembros de la familia, incluyendo la dimensión del amor y de la sexualidad[19].

Finalmente, Juan Pablo II en su Exhortación postsinodal Ecclesia in America, ante los desafíos que enfrenta la familia cristiana, sobre todo la institución matrimonial, preveía la necesidad de una amplia catequización sobre el ideal cristiano de la comunión conyugal y una seria preparación al matrimonio en los jóvenes, presentando con claridad la doctrina católica[20]

[1] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Familiaris Consortio (22 de noviembre de 1981), n. 11.

[2] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 1603.

[3] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes (7 de diciembre de 1965), n. 49.

[4] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica (11 de diciembre de 1992), n. 1604.

[5] Wojtyla, K., Los jóvenes y el amor. Preparación al matrimonio, Madrid: Encuentro, 2018, 7.

[6] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes (7 de diciembre de 1965), n. 49.

[7] Concilio Vaticano II, Decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam Actuositatem (18 de noviembre de 1965), n. 11.

[8] Pontificio Consejo para la Familia. Preparación al sacramento del matrimonio (13 de mayo de 1996).

[9] Cf. Ibíd., n. 1.

[10] Cf. Ibíd., n. 2.

[11] Ibíd.

[12] Conferencia del Episcopado Latinoamericano (CELAM), Documento conclusivo de Medellín (26 de agosto – 7 de septiembre de 1968), nn. 3, 13.

[13] Ibíd., n. 3.14.

[14] Cf. Ibíd., n. 3. 16.

[15] Id., Documento conclusivo de Puebla (28 de enero al 12 de febrero de 1979), n. 578.

[16] Cf. Conferencia del Episcopado Latinoamericano (CELAM), Documento conclusivo de Puebla (28 de enero al 12 de febrero de 1979), n. 579.

[17] Ibíd., n. 605.

[18] Cf. Id., Documento conclusivo de Santo Domingo (1992), Conclusiones 221.

[19] Cf. Id., Documento conclusivo de Aparecida (13-31 de mayo de 2007), n. 437.

[20] Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America (22 de enero de 1999), n. 49.

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