domingo, 6 de noviembre de 2022

Homilía en el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. Ciclo C


El Rey del universo nos resucitará para una vida eterna

(cfr. 2Mac 7,9)

En este domingo la liturgia de la palabra nos invita a reflexionar en el misterio de la resurrección de los muertos, desde la certeza de fe de los macabeos a nuestro tiempo, a nuestra fe, sabemos que el Rey del universo nos resucitará para una vida eterna (cfr. 2Mac 7,9).  Esta «semilla de eternidad» presente en el corazón del hombre no ha sido ni será saciada por ninguna práctica científica de encarnizamiento de la vida en este mundo. La ciencia podrá prolongar la vida, pero la vida no dejará de ser desdicha y estar sujeta al dolor y sufrimiento propio de la naturaleza humana; por muy útil que sea la técnica moderna, no puede calmar los deseos de trascendencia del hombre (cfr. GS n. 18); el deseo de trascendencia, el deseo de vida eterna solo puede ser saciado por el Dios Viviente, el “Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob” (Lc 20,38).

En nuestro mundo secularizado, materializado e ideologizado, subrayar la fe en la resurrección, constituye una necesidad urgente en el ejercicio de la misión eclesial. Necesitamos recordar al hombre actual que la misma estructura natural-racional del hombre, reclama de una realidad sobrenatural, porque la belleza humana no puede ser para la muerte sino para la vida.

Aunque no se hubiera revelado Dios, me negaría a no creer en una Vida eterna y como dice un soneto a Cristo Crucificado, de autor desconocido probablemente del siglo XVII, «aunque no hubiera cielo, yo te amara»; por fortuna, «la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre» (GS n. 18).

En Cristo Jesús, estamos destinados al misterio de la resurrección, en su persona está la vida en plenitud, Él mismo ha «ligado la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida” [Jn 11,25].  Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él [cf. Jn 5,24-25; 6,40] y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre [cf. Jn 6,54]» (CEC n. 994). La comprensión de la resurrección de los muertos tal como afirma la doctrina cristiana corresponde propiamente a la lógica de la fe, porque afirmar que la «resurrección de la carne» después de la muerte, no versa solamente en la vida del alma inmortal, sino que el «cuerpo mortal» volverá a tener vida (cfr. Ibíd. n. 990), no es una postulación a la que la razón puede llegar por sí misma.

Aunque ha sido una preocupación del hombre de todos los tiempos, para algunos es una exageración hablar que exista vida después de la muerte, otros dilucidan imaginando una vida similar a la de este mundo, con la excepción del sufrimiento y del dolor. Con equivalente concepción, los interlocutores de Jesús en el evangelio de hoy, los saduceos, que proceden de Sadoq, sacerdote en los tiempos del rey David (cfr. 2Sam 8,17), que no creen en la resurrección de los muertos, reaccionan ante la enseñanza de Señor postulando una interrogante con la pretensión de corregir al Señor a fin de mantener la tradición y la cultura tal cual estaba, ya que ven en Aquel que hablaban de la resurrección un peligro para su orden espiritual y social.

Ellos preguntan sobre el caso de una mujer que se casó con siete hermanos siguiendo la ley del levirato, la misma que dice: «si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano» (Lc 20,28; cfr. Dt 25,5), entonces, cuando está murió, prosiguen, en la resurrección, ¿de cuál será esposa, si los siete estuvieron casados con ella? (cfr. Lc 20,28-33).

La respuesta de Jesús, que confirma el hecho de la resurrección de los muertos, nos indica que esta nueva realidad es totalmente distinta a lo que está acostumbrado el hombre mortal. Después de la resurrección no habrá preocupación alguna como las que existen en este mundo, aquí en la tierra el hombre se preocupa del sustento, de la fama, del poder y como sabe que morirá se preocupa de dejar descendencia que prolongue su identidad y conserve lo que acumuló. 

Jesús nos deja claro que la resurrección no es una prolongación de la vida de este mundo, es una trasformación de la vida, es una vida totalmente nueva de la que participa el cuerpo y alma. Así se revela que el cuerpo y el alma están destinados a vivir en y con Dios. Cundo Jesús habla de esta nueva realidad parece afirmar que una sola cosa perdurará en la eternidad: vivir del amor de Dios, por eso ya no habrá necesidad del amor carnal en sí mismo, aquí abajo hombres y mujeres se casan, pero en la resurrección ya no se casarán, porque serán como los ángeles. El amor carnal será transformado en divino y el hombre quedará saciado de sus deseos bajo el dinamismo del amor de Dios.  

Sin despreciar la vida del mundo presente, en la que dejamos que Dios santifique nuestra existencia, no hemos de tener temor a la muerte, en ella, que «es como un paño oscuro que cubre la humanidad cerrando todo horizonte (Is 25,7)» [1], Dios mismo, por la obediencia y victoria de su Hijo, pone en nosotros fin al dolor y al sufrimiento causados por el pecado. Como Cristo ha vencido a la muerte y en aquello que parecía que era el final, nos ha conseguido el remedio de la inmortalidad. Así, la muerte de Cristo es sacramento de salvación para todo el mundo, lo que pretendió ser veneno para el hombre terminó siendo remedio de sí misma. No vale rehuir de la muerte, hay que considerarla una ganancia como la considera el apóstol (cfr. Fli 1,12). La penosa realidad del hombre se hizo merecedora de la compasión del Padre Dios, que puso fin a los males de la humanidad, dando a la misma muerte la capacidad de restituir lo que la vida había perdido [2].

Cerremos esta reflexión contemplando a la Santísima Trinidad, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, conforte nuestros corazones y nos disponga a toda clase de obras buenas; que nos libre de toda maldad y que cooperemos con nuestro testimonio de vida al anuncio del Evangelio (cfr. 2Tes 2,16-17.3,1-5). Amén



[1] Ampuero, J. A, Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: El gozo de la esperanza, Pamplona: Fundación Gratis Date, 2004, 120

[2] cfr. San Ambrosio, Conmemoración de los fieles difuntos en Liturgia de las Horas, 2 de noviembre.

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